jueves, febrero 5, 2026
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Postales

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Gabriela Ponce escritora de La Disputa

Postales Postales

Era el día de Saquiel, el elegido para invocar recuerdos en sorbos de café.

Queda,

la nostalgia del sepia

matices de mis pasos por tu calle.

Quedan, además,

los poemas leídos en voz alta

las noches de acordes improvisados

sobre todo, en días de lluvia

y los armónicos de tu vieja guitarra, para acompañar mis vuelos.

Queda,

como una postal en la pared

el aroma del café,

la casa de hacienda

que resaltaba, en medio de la caótica ciudad,

ese espacio de adobe y madera

que nos salvaba del monstruo cotidiano y rutinario

que se lo come todo.

En blanco y negro descansan

la cafetera italiana, el pastel de manzana con nuez

las horas con mucho que contar y dos vidas en fuga.

Como una postal a colores,

guardo la esquina, en la que me atesorabas

la botella del coñac

-el más antiguo del mundo-

lo brindamos, el día de Saquiel

cuando conjuramos nuestra despedida

y cerramos con aldabas el corazón.

El medio de comunicación no se responsabiliza por las opiniones dadas en este artículo.

La Disputa

El secreto del olor

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Imagen destacada Álvaro Peña
Álvaro Peña articulista La Disputa
Créditos @paguay_art97

Sentí la explicación del tiempo: momentos que han pasado y que vienen al presente de forma tan clara y actual que entristecen, alegran y superponen ideas y sueños que han quedado truncados por el inexorable paso de la vida.

Los inicios y finales de los cronogramas planteados para las diferentes etapas de mi desgraciada existencia se vieron mezclados por los hechos reales que los inhalantes habían generado en mi cerebro, mi cuerpo y mi alma: la alucinación, de cuyo estado formaba parte mi vida, hacía maravillar la desgracia y el sufrimiento que desde niño viví en mi hogar y que hoy como medida escapatoria obligada me hacía caer una y mil veces más.

La alegría y el sufrimiento siempre han sido para los artistas las mejores musas, ya sea por lo que vivieron en carne propia o han visto en su entorno. Son el detonante que impulsa a crear y bosquejar la realidad; el arte es la materialización del ideal de vida que el artista anhela y que lo plasma en una obra: un cuadro, una pintura, un escrito, un libro, una estatua.

En esta ocasión me he maravillado por la calidad artística que hay en mi ciudad (Loja); en esa búsqueda constante de mi musa inspiradora para escribir, me encontré con un cuadro sencillo y extático, su satirismo y simplicidad hablan mucho de la realidad que el decadente mundo de los vicios ha acarreado a miles de almas desde su degradación hasta la muerte.

Jimmy Veintimilla, presenta su obra: “25 gr de tolerancia a la pobreza”, una visión personal de los problemas colectivos de la sociedad actual, cuya base por antonomasia es la pobreza y lo que de ella se obtiene, más pobreza.

A través de esta pintura, el autor pretende de forma sarcástica establecer diálogos entre el espectador y las imágenes, creando esta conexión del mundo real con la fantasía de un mundo de colores, es decir, poner de manifiesto que el mundo real se viste de estos tonos claroscuros en las calles, en las casas, en los lugares más recónditos de la sociedad. Como él mismo lo menciona, la obra es un alegato personal y cuestionador del tiempo presente, producto de las brechas que a lo largo de la historia han originado las personas y los gobiernos.

El objetivo del arte es generar efectos en quien lo practica y en quien lo admira; en mi caso, fue un impacto real y convincente de que hay mucho que decir y mucho que hacer. La imagen como tal, por su didáctica, es una obra sarcástica del hombre y sus alienaciones. ¿Qué dialogo se podrá entablar entre la pintura y quien la vea? o, ¿Quién entabla vínculos con seres deformados y que atentan contra la estética y el buen gusto? Lo primero que se me vino a la cabeza cuando miré el cuadro fue darme cuenta de que aún hay esperanzas en la sociedad y sobre todo en la juventud.

Hacer una crítica social práctica y moderna requiere de ambición y convicción. Ambicionar un hombre libre de ataduras, vicios y esquemas que atentan contra la libertad y la finalidad por la que vino al mundo; además, hace falta mucha convicción para protestar y levantar la voz (a través del arte en este caso) en este mundo tan degradado y alienado en todo menos en lo realmente importante, descubrir cómo hacer del planeta un sitio habitable.

Lo detallado al inicio del artículo hace referencia a los efectos que los inhalantes (drogas) producen en el ser humano. Muchas de las experiencias que me han contado y que he investigado surgen por la mera curiosidad, producto de una escapatoria a la realidad atroz que mucha gente vive, sobre todo en las personas de estratos sociales bajos por cuestiones de pobreza o por pertenecer a familias disfuncionales.

Si bien es cierto, al principio los estados de ánimo de los consumidores se ven alterados de forma positiva; inconscientemente cuando se convierte en una adicción, los efectos son devastadores, generando lo que la imagen de la obra representa: un ser humano deformado en todo el sentido de la palabra. Se eleva la actitud de pobreza, se disminuye la autoestima y se restan totalmente los recursos económicos.  

Más allá del mensaje contra las drogas que el artista quiere dar a conocer, la obra critica la industrialización deshumanizada y la mercantilización del ser humano en todas sus facetas.  A juzgar, ¿por qué seguir fabricando si las drogas o las armas hacen tanto daño? Todos coincidimos que es una batalla por el poder económico y la ambición del ser humano.

Si es ambición del ser humano, se podría concluir que ha cavado una fosa para sí mismo o ha entrado en el círculo tortuoso de la auto alienación que lo ha degradado y lo ha deformado tal cual se representa en la obra artística. Hoy, hay más de un inhalante que nos ha enviciado, a unos más que a otros, pero todos estamos inmersos.

Al analizar en su totalidad a la obra, concluí que, así como las drogas activan y liberar dopaminas, el arte también puede activar los sentimientos más nobles para hacer del hombre un verdadero ser humano.

El medio de comunicación no se responsabiliza por las opiniones dadas en este artículo.

La Disputa

Lucha contra la corrupción, algo más que iniciativas particulares

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Imagen destacada Alfredo Espinosa
Alfredo Espinosa articulista La Disputa

Lucha contra la corrupción en Ecuador Lucha contra la corrupción en Ecuador Lucha contra la corrupción en Ecuador

Pensar la lucha contra la corrupción como una política pública de Estado no debería generar urticaria, ni ser motivo de reproche por parte de algunos sectores de la sociedad civil, que por diferencias o animadversiones ideológicas y políticas con el actual Gobierno pretenden deslegitimar –de entrada– cualquier intento de autodepuración en el Estado.

Cuando lo verdaderamente reprochable es que los gobiernos anteriores naturalizaron la inobservancia, la desidia y la complicidad frente a este tema, a tal punto de que la lucha contra la corrupción se convirtió en una herramienta de uso selectivo en unos casos y, en otros no pasó de las declaraciones políticas a los hechos prácticos.

¿Cómo entender entonces a estas voces críticas? Sí lo que se busca es una política pública de Estado y no de Gobierno, que trascienda las venganzas y los egos. Se requiere de una multiplicidad de actores de la institucionalidad pública, así como de la sociedad civil, la academia y la cooperación internacional. Es decir, se necesita de una iniciativa a gran escala, diversa en su composición y libre de sesgos.

Por años, la ausencia de una política pública eficiente en la lucha contra la corrupción fue el traje a la medida de la delincuencia organizada y la impunidad. Ante este panorama, la participación activa de grupos y organizaciones de la sociedad civil cobró legitimidad, ya que, centraron su trabajo en la investigación y puesta en escena de denuncias sobre los hechos de corrupción suscitados al interior de las instituciones estatales. De esta manera, varios de los activistas de la sociedad civil –en su mayoría hombres y mujeres de amplia trayectoria política y social– se reafirmaron como voces exclusivas y autorizadas en este ámbito.

¿Por qué no sumar esfuerzos a la propuesta gubernamental para evitar la lucha en solitario contra la corrupción? ¿A quiénes beneficia la ausencia de una política pública sobre esta materia? ¿Será acaso que los críticos a los lineamientos de la política pública anticorrupción expuesta por el régimen en las postrimerías del 2021, miran en este documento y en su posible ejecución la potencial pérdida de su protagonismo político y mediático? Recriminar a este Gobierno por hacer su trabajo es incongruente, al menos si se considera que la lucha contra la corrupción es y debería ser el espacio propicio para el encuentro, la agregación y la convergencia de voluntades con sentido de nación. Más aún cuando los lineamientos expuestos presentados por el Ejecutivo son eso, lineamientos. No están escritos en piedra.

Sospechas sobre la eficiencia de esta política pública pueden existir. Dudar no es malo, más aún luego de una década de autoritarismo y concentración abusiva del poder; pero los tiempos –al menos hasta el momento y pese a los errores– se muestran diferentes.

También es cierto que, en varias instituciones del Estado, los cabecillas de la corrupción son sus autoridades y mandos medios. La historia institucional del país da cuenta de ello. Por eso, en lugar de esgrimir reparos para que el Gobierno y el Estado cumplan con sus obligaciones, lo que sí debemos preguntarnos es: ¿Cómo neutralizar la corrupción desde las entrañas del Estado? ¿Qué papel debería jugar la sociedad civil en ello? ¿Cómo garantizar mecanismos de protección a quienes denuncien la corrupción para que las víctimas no se conviertan en victimarios? ¿En qué medida es posible recuperar el dinero robado al Estado producto de la corrupción y la delincuencia organizada? ¿Cuáles deberían ser los cambios constitucionales y legales para que los lineamientos de la política pública anticorrupción se lleguen a ejecutar durante este mismo gobierno y no perezcan o se desdibujen en los siguientes?

La lucha contra la corrupción no es una patente exclusiva de particulares o privados, por más loables que sean sus intenciones por adecentar la república.

El Estado está en la obligación de aunar esfuerzos en el establecimiento de una política nacional anticorrupción, mediante consensos y con la participación activa de la sociedad civil; incluso en la elaboración de un cúmulo de estrategias viables que permitan su operatividad. Solo así se podrán prevenir y evitar futuros atracos a la nación.

El medio de comunicación no se responsabiliza por las opiniones dadas en este artículo.

La Disputa

Restrepo: 34 años sin verdad

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Imagen destacada Gabriela Vivanco Collantes
Imagen destacada Gabriela Vivanco Collantes

Desaparición de los hermanos Restrepo, 34 años sin verdad Desaparición de los hermanos Restrepo, 34 años sin verdad Desaparición de los hermanos Restrepo, 34 años sin verdad

“La única lucha que se pierde es la que se abandona”

Pedro Restrepo

El 8 de enero de 1988, los hermanos Andrés y Santiago Restrepo Arismendi fueron torturados, asesinados y desaparecidos. Al cumplirse 34 años de este hecho inexplicable, su padre, hermana, amigos y quienes han conocido su historia, exigen justicia.

En ese entonces, el Gobierno de León Febres Cordero, inició uno de los episodios más oscuros de nuestra historia, plagado de vulneraciones a los derechos humanos, demostrando que el respeto por la dignidad de las personas era irrelevante en su gestión.

El caso de los hermanos Restrepo resonó en todo el país, desde los medios copando la primera plana, hasta la sociedad civil, cuestionaron a un Estado autoritario, que lejos de velar por la seguridad de sus ciudadanos, generó un entorno dónde el poder arremetía contra todo, sin ninguna contemplación, sin consecuencias.

La lucha de sus padres, Pedro y Luz Elena, y de su hermana María Fernanda, dejaron en evidencia las falencias de un Gobierno nefasto, convirtiéndose en la prueba de una lucha incansable que, al pasar de los años, continuó exigiendo respuestas, sin obtener ninguna. Fueron víctimas palpables de la indiferencia y el silencio estatal…

Pero continuaron desde la Plaza Grande, con carteles que pedían justicia a los Gobiernos de turno, abriendo un espacio para que más personas se unan a esta lucha, que buscaba completar un rompecabezas de verdades a medias, una justicia inconclusa que luego de 34 años, no es más que una estela de dudas poco razonables, sobre lo que realmente sucedió.

“Por nuestros niños hasta la vida”

Esta frase resume la lucha incansable por justicia y reparación, capaz de remover hasta la última fibra de nuestras conciencias, al preguntarnos una y otra vez ¿Por qué? Andrés y Santiago protagonizaron una historia tan dolorosa, que puso en el medio del debate el accionar del Estado en relación a las desapariciones forzadas.

De hecho, las múltiples violaciones de derechos humanos ocurridas entre 1984 y 2008, entre las que se encontraban el caso de los hermanos Restrepo, promovieron la creación de la Comisión de la Verdad, que realizó un amplio trabajo de investigación, al recopilar testimonios de diversos actores involucrados en los hechos.

Es así, que entre sus conclusiones señala:

“En  94  de  los  118  casos  (80%  del  total),  la  Comisión  identificó  a  presuntos  responsables  e involucrados  en  las  violaciones  de  derechos  humanos  investigadas”.

Así mismo, afirma que: “De  los  460  presuntos  responsables,  el  49,6%  corresponde  a  oficiales  y  miembros  activos  y pasivos  de  la  Policía  Nacional” (…)

En el caso específico de los hermanos Restrepo, se establecieron como presuntos responsables a integrantes del ex SIC-10, conforme lo señalaron integrantes de la Policía y otros testigos.

“Nuestro corazón seguirá anclado a la laguna de Yambo, esa laguna trágica”.

María Fernanda Restrepo

Así mismo, durante la investigación realizada por las autoridades, una de las pistas más claras señalaba que los cuerpos de los hermanos Restrepo fueron trasladados hasta la laguna de Yambo en la provincia de Cotopaxi, para lo cual, se inició una búsqueda que podría arrojar resultados clave dentro del caso, pero después de algunos intentos, la hipótesis fue descartada. Una búsqueda en cementerios de Quito sería igual de desconcertante… Nada.

Y es que, lamentablemente el caso estuvo plagado de inconsistencias desde el principio. Una detención arbitraria de dos menores de edad sin motivo alguno, seguida de su tortura, muerte y posterior desaparición, perpetrada por agentes del SIC-10, el montaje de un presunto accidente de tránsito, o los supuestos nexos con el narcotráfico, no arrojaron ninguna explicación clara, alimentando el caudal de incertidumbre que, hasta hoy, es imposible de descifrar.

Si bien, la justicia condenó a los perpetradores y cómplices de este hecho, la mayoría cumplieron solo una parte de sus condenas. Por otro lado, la indemnización a la familia, que llegaría luego de que el caso tocó instancias internacionales en 1997, no cubre de ninguna manera el dolor de estos 34 años, ni el silencio encubridor del Estado.

La violación de derechos humanos en esos años cambió proyectos de vida enteros, golpearon a nuestra puerta para decirnos que estábamos solos, pero sobre todo, que no podíamos hacer nada para recuperar lo perdido.

Los hermanos Andrés y Santiago Restrepo Arismendi, que al momento de su desaparición tenían 14 y 17 años respectivamente, viven en los recuerdos de sus familiares y amigos, de quienes decidieron no olvidarlos incluso a pesar del tiempo; y, que aún se preguntan ¿dónde están?

Su historia es la de muchos, que como ellos no regresaron a casa, pero aún en su ausencia, cambiaron nuestras vidas, nos enseñaron a continuar de pie para exigir justicia. Nos enseñaron que la verdad es el único camino para que la memoria siga viva.

Las voces de Andrés y Santiago no se apagaron con ellos, serán eternas hasta que el pedido de justicia retumbe hasta el último rincón, y vuelvan a casa, de dónde nunca debieron ser arrancados.

El medio de comunicación no se responsabiliza por las opiniones dadas en este artículo.

La Disputa

Referencias:

Comisión de la Verdad. Informe de la Comisión de la Verdad, Ecuador 2010: sin verdad no hay justicia. 5t. Ediecuatorial. https://biblioteca.corteidh.or.cr/documento/59430

Reseña: En las montañas de la locura de H. P. Lovecraft

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Fernando Endara escritor de La Disputa

En las montañas de la locura Lovecraft En las montañas de la locura Lovecraft En las montañas de la locura Lovecraft

En los confines del caos habitan seres de poderes indescriptibles e indescifrables, seres eternos, dioses/demonios, criaturas superiores, infinitas, eternas. Exteriores, arquetípicos, primigenios, primordiales, razas supremas escondidas, olvidadas o ignoradas por el ser humano. Seres que pueblan los infiernos, los abismos, y los sectores desconocidos de la Tierra y el cosmos, seres de pesadilla que conforman una mitología de horror fantástica e impresionante.

Howard Phillips Lovecraft y su círculo de iniciados elucubraron una aventura aterradora para engendrar los más diversos mitos de horror cósmico, creando un apartado propio en el devenir de la Literatura y en la cultura pop asociada al terror. Lovecraft fue un escritor maldito y excepcional, su vida turbulenta lo llevó a refugiarse en sus creaciones: perturbadoras historias de personas que encuentran en su camino, por destino o casualidad, pistas y pruebas de otras eras, experiencias pre-humanas o supra-humanas que llevan a los personajes al encuentro cara a cara con lo desconocido.

Nada produce más miedo que lo desconocido, más aún cuando es un miedo arcaico, reflejo de antiguos temores y secretos, cuando vislumbramos, aunque sea en ficción: la debilidad y pequeñez de nuestra especie; apenas comparada con el polvo cósmico esparcido en la galaxia.

Lovecraft escribió una serie de relatos sin orden específico, como si fueran varios universos paralelos que se despliegan para conformar su narrativa, en donde, a través de ángulos y cálculos de Matemática superior, se puede trascender la tercera dimensión para arrojarse al sumidero y teleportarse de vuelta, después de mirar confusos a través de la cuarta dimensión. Relatos publicados en revistas Pulp, que van del terror a la ciencia ficción, que exponen las tragedias de la curiosidad humana, que anclados en la ciencia y tecnología, revelan acontecimientos sobrenaturales plausibles, que nos mueven al horror absoluto y primigenio, que nos llevan, confusos y anhelantes, al despeñadero Lovecraftiano.

Uno de sus “cuentos largos” más célebres, comentados y conocidos es “En las Montañas de la Locura”, publicado en 1936 e inspirado en la narración de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe; la trama sigue a un grupo de exploradores, geólogos, biólogos y científicos en una expedición en la Antártida. Mientras Poe crea una sombría aventura náutica inconclusa, asociando los confines de los mares del sur a espejismos multicolores y a criaturas no contactadas por el hombre.

Lovecraft narra una rigurosa crónica como si fuera uno de los supervivientes de la expedición: el texto se presenta como una advertencia a los futuros exploradores sobre los riesgos de sumergirse en el blanco y helado continente. La travesía por el polo sur los lleva a descubrir las macizas montañas de la locura, escarpados picos de épocas antediluvianas que resurgen con sus enigmáticos e imposibles habitantes. Pero hay mucho más, por encima de estas montañas se eleva la meseta de Leng, la elevación más alta de la Tierra y el lugar sagrado y maligno en donde arribaron los Primordiales para extender sus dominios por todo el planeta.

En estos sitios inasibles se ubica la entrada a la gran ciudad interior, la superviviente de tiempos remotos de hace millones de años, cuando los humanos no éramos otra cosa que pensamientos desquiciados de la nada. La expedición atraviesa lo recóndito para pisar en donde ninguna persona pisó, y mirar lo que nadie nunca miró jamás: los vestigios de antiguas civilizaciones, sus adelantos científicos y sus guerras, su cultura y costumbres, su dominio y ¿extinción? Los fósiles renacen después de eones para trasmitir la exactitud de las cosas: aquellos “otros”, mitad planta/mitad animal, son los dueños, los amos y señores, los Primordiales, los poderosos y furtivos arcanos que esperan para devastarlo todo y crear de la nada, la vida y la muerte.

 En el contexto de la publicación del cuento, aún quedaban regiones inexpugnables en el globo terráqueo, por lo que la crónica pudo ser recibida como una bisagra entre la ficción y la realidad, quizá es por eso que, varios lectores y fanáticos asumen como verídicos los mitos y los engendros literarios encabezados por el Necronomicón, escrito por el árabe loco Abdul Alhazred, seudónimo de Lovecraft y personaje clave en su mitología.

El volumen se completa con los relatos: “La casa maldita”, que explora el vampirismo de una vieja casona llena de hongos abominables y resplandecientes que absorben la energía de sus habitantes, y “Los sueños de la casa de la bruja”, que conecta los aquelarres celebrados en la víspera del primero de mayo, la noche de Walpurgis, con demonios execrables del caos original.

Lovecraft utiliza parajes exóticos y lugares urbanos en desuso o semidestruidos, como morada de sus malignas criaturas que acechan desde la sombra, a la espera de seducir o asustar a los incautos. La mitología lovecraftiana es una cima en la Literatura de terror y en la ciencia ficción. Su influencia en las generaciones venideras es inabarcable, su estela se extiende por ámbitos tan diversos como el cine, la divulgación científica y los videojuegos.

Howard Phillips fue un autor de culto que aportó al género algunos de sus momentos más inquietantes e innovadores, salve Lovecraft con sus demonios y sus dioses, con sus relatos y sus cuentos, con sus mitologías y rituales, con sus excentricidades y controversias, con sus creaciones que nos acompañan en la duermevela y en la pesadilla.

El medio de comunicación no se responsabiliza por las opiniones dadas en este artículo.

La Disputa

El día de los inocentes, 28 de diciembre

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En Ecuador, el 28 de diciembre es la fecha donde tenemos la oportunidad de jugar bromas unos con otros y sin resentimientos… Seguro no faltará una llamada o mensaje de algún amigo o familiar que busque aprovechar el único día del año para hacer ese chiste o broma bien pensada con la excusa del día de los inocentes.

Los periódicos no dejan pasar esta fecha, como en el caso del periódico Últimas Noticias, que presenta anualmente una edición especial de inocentes. La edición del 2019 está conformada por varias imágenes, que son fotomontajes de políticos en cuerpos de artistas con detalles especiales de temas que causaron controversia durante todo el año. Y en el año 2020 , mostraban el titular “Kung fu Sion, nuevo método para vencer al virus”, una parodía sobre como el alcalde de Quito y el ministro de salud de ese tiempo iban a tomar clases intensivas para controlar el corona virus.No se puede dejar pasar esta fecha, que de manera creativa, tanto medios de comunicación como organizaciones políticas no pierden la oportunidad presentar inconsistencias en discursos o en acciones que hayan realizado los mandatarios, famosos, políticos y personas del ojo público del país.

¿Pero de donde nace realmente el día de los inocentes? Bueno, hay que hacer un viaje de más de mil años de historia para entender su trágico contexto. Su origen fue la fiesta católica de los “Niños Inocentes”, que conmemora la matanza de todos los niños menores de dos años, orden que fue dada por Herodes al enterarse que había nacido Jesús.

Es ahí, que nace el termino de inocentes, sin embargo, con el pasar del tiempo pasó de ser una tradición que recordaba algo trágico, a ser todo el polo opuesto de acciones a conmemorar. Con un humor negro, entre chistes, bromas y noticias falsas (que bueno, la verdad hoy en día, las noticias falsas rondan en las redes sociales casi como pan caliente).

Se celebra este día como un momento fuera de la cotidianidad, que además es bien aprovechado para entre cosas mostrar como la política del país siempre da de qué hablar y que por medio del humor se visibiliza y se critica. Títulos como “Quito es la capital mundial del perreo”, “Ya no será metro, será yarda”, “Guayaquil de mis emprendedores” eran ejemplos del año 2019.

El espacio de recreación que se abre simbólicamente el 28 de diciembre es una tradición en nuestro país, ya que la risa es esa parte vital de la escénica de los ecuatorianos, se constituye como parte de la resistencia a la clase dominante como lo mencionaba Bajtin cuando hablaba acerca de la “carnavalización del mundo”, la parodia como una forma de liberación frente a distintos acontecimientos es lo que marca la diferencia.

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Subyugados y angustiados

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Álvaro Peña articulista La Disputa

Subyugados y angustiados Subyugados y angustiados Subyugados y angustiados Subyugados y angustiados

Quisiera empezar con una noticia que me pareció sorprendente, según el informe A new textile Economy de la Fundación Ellen MacArthur anualmente en el mundo se producen cien millones de prendas de vestir, y siendo más explícitos, el mismo informe señala que para producir una camiseta de 250 gramos de algodón se requiere 2.700 litros de agua; cuya cantidad equivale a lo que una persona normal podría beber en tres años. Cifra exorbitante si sopesamos el valor de la prenda de vestir frente al valor del recurso natural limitado que es el agua, y por la cual se dice, que en el futuro habrá más de una guerra, consecuencias que están a la vista con el calentamiento global y sus efectos en el planeta.

Hace algunas semanas, pasamos por un periodo que el sistema capitalista lo ha creado para generar compulsión en el comportamiento de los consumidores -el famoso Black Friday-, cuyo objetivo de fondo es adquirir bienes y servicios a precios y descuentos especiales, innecesarios; hoy estamos en otro periodo: el comercio navideño y festivo por excelencia, y de cara ello, en una batalla hiperconsumista terrible, cuyo producto proviene de los modelos de negocios de las empresas, cuyo único objetivo es mercantilizar las necesidades creadas exclusivamente con fines cortoplacistas, en donde intervienen factores psicológicos que influyen muchísimo en el comportamiento de los consumidores.

La estrategia se basa en hacer creer al consumidor que perderá la oportunidad de adquirir algo, que, aunque no necesite, será de utilidad para la presunción. Y pues, claro que surte efecto la estrategia, porque a nadie le gusta perder, mucho menos las oportunidades que hacen ver a la persona más lista que los demás.

El marketing ha hecho lo suyo y lo seguirá haciendo, porque estudia el comportamiento de los consumidores y las emociones que juegan como impulsadores para comprar bienes que ni siquiera son consumidos en la mayoría de las ocasiones.

Muchos asocian el consumo compulsivo y descontrolado con la insatisfacción y tristeza de quien lo realiza. Son actos que aparentemente llenan los vacíos existenciales que las personas tienen, producto de las brechas personales que se han creado a lo largo de su historia. Pero el asunto no se queda allí, si en realidad no hace más felices y los introduce en un círculo vicioso que genera sensación de vacío, ¿por qué seguir comprando? Es una pregunta que no tiene respuesta colectiva, pero si personal; cada quien tiene sus propios motivadores y detonantes que lo impulsan al gravitante mundo hiperconsumista.

Otra característica que es muy marcada en estos casos es que los consumos son exclusivamente de bienes materiales: smartphones, televisores, ropa, artículos para el hogar y demás similares; al menos yo no recuerdo haber visto ofertas de bienes de primera necesidad, raro, ¿verdad?, quizá sean menos rentables, porque se consumen en el día y sirven para la subsistencia humana, y por los que todos estaríamos dispuestos a pagar la mitad.

Creo esta es la paradoja del consumo: comprar lo innecesario para vivir alcanzados con lo necesario, trabajando para pagar lo necesario e innecesario; más que círculo vicioso, es un círculo tortuoso, que tiene al hombre subyugado y angustiado.

Es verdad que debemos reactivarnos, nadie lo discute, pero no debemos olvidar la responsabilidad personal que como seres humanos tenemos y la responsabilidad social que las organizaciones también las tienen.

Mejorar los hábitos de consumo a nivel personal, creo, es el primer paso para los consumidores de a pie, y ello tiene que ver con cambiar la creencia de que necesitamos cosas para aparentar o para figurar que estamos en la onda de la globalización.

Ahora más que nunca, desde todas las esferas y espacios gubernamentales, organizacionales y sociales se predica tener conciencia verde. Respeto por la naturaleza que es la dispensadora de todos los bienes y recursos, como lo mencionaba al inicio, se necesita mucha cantidad de agua para hacer una simple camiseta, sería bueno calcular qué cantidad de agua se ha gastado para tener equipados nuestros clósets.

Es necesario extender el ciclo vital de los bienes que usamos, que implica: reciclar, reutilizar y compartir lo que no nos es útil para nosotros, pero para el otro sí. Es una forma también de hacer el mundo más empático, solidario, generoso, menos egoísta y sostenible.

El acto de comprar involucra a todo el sistema que lo soporta: procesos de producción, horas de trabajo, sueldos y salarios y una serie de componentes que incluyen al ser humano y a su aporte a la economía y al desarrollo de la sociedad. Por eso, el acto consumista tiene como medio y fin al ser humano y, al tener un recurso invaluable como es la persona, todos los fines deben ser encaminados a salvaguardar su dignidad humana.

Habrá gente que compra porque tiene las posibilidades, y está muy bien, pero las mismas posibilidades de habitar en un mundo resiliente y sostenible, o de sucumbir ante un mundo sin recursos naturales, lo tienen poderosos y débiles. Equilibrar los sistemas, hábitos y estilos de vida es el comienzo para un nuevo ciclo de convivencia mancomunada, donde el mundo sea un espacio de sobriedad y frugalidad.

El medio de comunicación no se responsabiliza por las opiniones dadas en este artículo.

La Disputa

Reseña sobre la obra “Cementerio de animales” de Stephen King

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Fernando Endara escritor de La Disputa

Cementerio de Animales Cementerio de Animales Cementerio de Animales Cementerio de Animales Cementerio de Animales

¿Qué harías si pudieras retornar de la muerte a tus seres queridos? ¿Si existiera una forma, traerías de vuelta a tu mascota, a tu hijo o a tu pareja? Aún si eso significara interrumpir el descanso eterno en un sacrilegio de dioses y demonios.

Intentar la máxima prohibición: resucitar a los muertos, implica la pérdida del alma y el fracaso, porque las personas (y los animales) no regresan del más allá. Lo que retorna es otra cosa, un ser de la noche, un fiasco, una copia malhecha y malvada, un fraude, un homúnculo que intenta parecerse a su original sin conseguirlo; un no-muerto, sin gracia, ni sentimientos, una figura oscura y patética sin piedad, un esperpento terrorífico, un adefesio, una equivocación, una expiación inútil de culpas, un error, un funesto e irreparable error.

En “Cementerio de Animales” (Pet Sematary), publicada en 1983, Stephen King lleva a sus personajes (y lectores) a situaciones límite al plantear y poner en práctica la resucitación de la carne a través del enterramiento de cadáveres en un antiguo cementerio indio “Micmac” perturbado por la presencia del wendigo. La novela significó un éxito de ventas y su primera adaptación cinematográfica, dirigida por Mary Lambert en 1989, confirmó el status de King como un autor de culto y también de best-seller.

En “Cementerio de animales”, el maestro del terror contemporáneo, utilizó experiencias biográficas para configurar su narrativa: en 1979 vivía con su familia en una casa de alquiler adyacente a una peligrosa carretera en la que eran atropellados diversos animales, entre los que estaba el gato de su hija; esto disparó su perturbada imaginación. ¿Qué pasaría si se pudiera revivir a una mascota víctima de la carretera? ¿Qué pasaría si la víctima fuera un niño?

Seguramente los padres quisieran traerlo de vuelta como en el cuento de W.W. Jacobs “La pata del mono” (1902) ¡Cuidado con lo que deseas! La genialidad de la obra radica en su poderoso retrato de dos de los miedos más angustiantes de los seres humanos: el temor a perder un ser querido, el duelo y la muerte; y, la lucha constante por evitar caer al vacío, a la remota oscuridad del dolor. Premisas vitales de una novela contundente, al punto que el propio Stephen King confesó padecer inquietud real al escribirla.

La trama, por demás conocida, sigue la cadena de atropellamiento, fallecimiento y resucitación de la mascota, el gato Winston Churchill (Church), y de Gage, el hijo menor del doctor Louis Creed recién instalado en Ludlow (Maine). Louis arriba junto a su familia para asumir el cargo de director médico de la universidad, sin sospechar que la autopista, los camiones y aquella extraña fuerza maligna de los bosques que actúa como un imán, provocarían más de una desgracia.

La lectura de “Cementerio de animales” no ofrece descanso: de inmediato y de entrada, conocemos a Jud Crandal, enigmático y “amable” anciano que conoce los pormenores del macabro pasado de Ludlow, como si fuera partícipe de algún secreto tenebroso. El lector atento no dejará de sospechar del viejo que, en última instancia, fue el vehículo ideal para conducir a Louis a su funesto destino. Enseguida conocemos el “Pet Sematary”, círculos concéntricos que sirven de lápidas y recintos mortuorios para las mascotas del lugar; espirales sombrías que se tatuaron con fuego en la mente de Rachel, esposa de Louis, y en la de la pequeña Ellie, hija mayor de la pareja.

Los accidentes se precipitan: del espantoso incidente del estudiante descalabrado pasamos a las visiones y visitas nocturnas de Louis al cementerio de mascotas acompañado por el espectro de Víctor Pascow, oráculo indio que presagia y advierte sin ser escuchado. Y de pronto, surge la tragedia, mientras Rachel, Ellie y Gage toman unas vacaciones en el hogar de los abuelos maternos, un camión atraído por el enigmático poder de los bosques arrolla a Church, consentido y favorito de la niña, suscitando lo inevitable. 

Cuando Jud tomó las herramientas, el pico y la pala; Louis entendió que algo andaba mal. Cuando juntos atravesaron la profundidad de la noche, escuchando los gemidos de los árboles, protegidos por el wendigo, con los restos del gato atropellado entre las manos; Louis comprendió que la muerte no era lo más natural del mundo, como sugería su cerebro científico.

Cuando church regresó por la mañana, apestoso, agresivo, con movimientos torpes; el doctor Creed -el nefasto doctor/resucitador-, supo que la muerte no era el final. Supo también que lo perdería todo, que tarde o temprano su necedad le devolvería a los terrenos de ultratumba de los indios Micmac, cargando el cuerpecito maltrecho de su hijo. Es que intentar revivir a alguien es una sandez, un vano camino por el que muchos anduvieron sin saber aceptar, con resignación, la violenta partida de un ser amado, sin sobreponerse al duelo, quedándose con el recuerdo obsesivo, la sinrazón y la desesperanza, generando una patología que busca, por medios imposibles, la abertura del reino de la muerte. Es que nadie sabe lo que hay después de la vida/muerte, nos toca conformarnos con fe, dogmas y esperanza, con certezas de cielos o infiernos, de reencarnaciones, de liberación o de la nada; promesas todas que están por cumplir.

La narración de King es trepidante, repleta de juegos de palabras, reiteraciones, enigmas y monólogos interiores de sus personajes. Las acciones se suceden repentinas, con diálogos ágiles, vertiginosos, interesantes, memorables: “el corazón humano es aún más árido”, “el hombre siembra solo aquello que puede y lo cuida”, “Oz el Ggande y Teggible”.

La descripción de los escenarios cobra énfasis al retratar los sitios y trayectos lúgubres: el cementerio de mascotas, la linde del bosque prohibido, la escalera de troncos vetustos, las arenas movedizas, los gritos del wendigo, el cementerio Micmac. El lector queda sumergido en un código de verosimilitud que refuerza lo fantástico de la resurrección mientras contempla la locura progresiva de Louis Creed -nuestro médico protagonista- que termina seducido, sin piedad, por una fuerza maligna que se aprovecha del sufrimiento y la asfixia del duelo, aquel oscuro océano que surcamos mareados en un barco sin rumbo y sin timón, para manifestarse a través de homúnculos deformes.

Estos elementos: la verosimilitud y la locura, podrían considerarse, al igual que las menciones al demonio “Oz el Ggande y Teggible”, criatura invisible que, silenciosa, aguarda entre las sombras con la guadaña desenvainada; como guiños al terror cósmico y a su genio creador.

“Hola, chicos, me llamo Oz el Ggande y Teggible, pero podéis llamarme Oz a secas. Al fin y al cabo, somos viejos amigos. Pasaba por aquí y he entrado un momento para traerte este pequeño infarto, este derrame cerebral, etcétera; lo siento, no puedo quedarme, tengo un parto con hemorragia y, luego, inhalación de humo tóxico en Omaha”. Stephen King

“Oz el Ggande y Teggible”, es una manifestación de los temores infantiles de Rachel, que acompañó y sufrió la enfermedad, y el gris final de su hermana; sin entender del todo el enigma de la vida y de la muerte. Ninguno de nosotros lo entiende, el que diga entenderlo es un embaucador, un dogmático, un arribista.

El amor, el duelo y la necedad, son algunos de los elementos que se juntan en “Cementerio de Animales”, una novela que no dejará a nadie indiferente, puesto que demuestra que la muerte de un ser amado puede sacar lo peor de nosotros, provocando destrucción y autodestrucción.

Perder a un hijo debe ser el dolor supremo, lo que nos lleva a la inquietante idea: ¿Por qué un padre prefiere un hijo zombi a un hijo muerto? El buen terror, como la buena comedia, es crítico con la realidad ¿Se puede amar tanto a alguien como para no aceptar su muerte? Aceptar la partida final es la moraleja de esta horripilante historia, que critica de manera indirecta, los inservibles intentos humanos por vencer el orden mortal de las cosas.

El Cementerio de animales es un vector del pensamiento que nos recuerda que muchas personas tuvieron su primer contacto con la muerte cuando falleció una mascota, la inocencia de la niñez guarda la esperanza de volver a encontrar a nuestros cachorros, perritos y gatitos; la inocencia/ignorancia en la madurez nos lleva a creer en una vida después de la muerte. Recordemos, la muerte es (debe ser) el final.

“Tal vez aprenda algo sobre el carácter de la muerte, que es allí donde termina el dolor y empiezan los buenos recuerdos. Que no es el final de la vida, sino el final del dolor”. Stephen King

El medio de comunicación no se responsabiliza por las opiniones dadas en este artículo.

La Disputa

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Carlos Pastor Pazmiño articulista La Disputa

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Reflexiones para el ejercicio de una paternidad anti-patriarcal y consecuente[1]

“Yo soy tan feliz cuando te despertás
Vos me haces feliz, hacés el mundo brillar
Yo me quiero ir a la luna con vos”

-Fito Páez-
Dos personas de espaldas en medio de la lluvia tapados con un paraguas, Padre e hijo
Fotografía: Carlos Pástor

Primeros pasos

Un sábado por la mañana, una muchacha con pañoleta roja, boina negra y ojos preocupados golpeó la puerta de mi clase de Filosofía, preguntó al profesor por mí y salí de la clase, fue directo al grano: “estoy embarazada”. Yo tenía veinte años, cabello largo, amaba el rock y la cerveza, coleccionaba resacas, amores, libros e ideales revolucionarios. En mi vida no estaba la idea de ser padre, no quería ataduras, familia, ni reglas. Quería leer, beber, enamorarme, desenamorarme, irme, quedarme, no sé, solo ser, con mis limitadas experiencias y expectativas.

Lo que ha pasado desde entonces superó todas mis capacidades, proyecto de vida y me retó a buscar estrategias para aprender a ser padre. En la búsqueda de respuestas leí “Emilio” de Rousseau, “La inteligencia infantil” de Jean Piaget y muchos otros, para finalmente, darme cuenta de que no hay un manual que te diga cómo ser padre y además intentar hacerlo bien. Lo que les contaré en las siguientes líneas es el camino que hemos recorrido mi hijo y yo en estos diez años.

Para entonces estudiaba dos carreras, Derecho en la mañana y Sociología en la tarde, militaba en las luchas populares a tiempo completo y cada fin de semana me bebía hasta el agua de los floreros. No era la persona más responsable para cuidar a alguien, ni conmigo mismo podía. Salía cada jueves de la casa de mis padres en Carapungo -al norte de Quito-, y regresaba domingo en la tarde. Muchas veces no recordaba siquiera dónde estuve, con quién o cómo volvía. Los pocos recursos que tenía los gastaba en libros, tragos o tatuajes. En casa me retaban por la forma de vida que llevaba, pero nada hacía mella, prometía dejar el cigarrillo y al rato ya me había terminado una cajetilla.

En febrero de 2008, mi hijo y yo nos vimos por primera vez, nos observamos con simpatía e incertidumbre, nuestro camino apenas empezaba. Recorrí con su pie pequeño mi barba, el no sonrío, pero me inspeccionaba minuciosamente. Yo temblaba y pensaba en no convertirme en una pesadilla para él. No vivíamos juntos, pero lo iba a ver cada tarde y algunas mañanas. La primera vez que lo bañé fue con su abuela materna, el pediatra había sugerido un baño en leche para que su piel se fortalezca o algo así, no recuerdo bien, pero sí recuerdo que llené una tina con varios litros de leche, mientras él miraba atento.

Al terminar el baño lo sequé con mucha delicadeza, temía no hacerlo bien. Nervioso secaba sus brazos, piernas, pecho, y cuando sequé su pancita se le cayó lo que quedaba del cordón umbilical de su ombligo y me asusté, la verdad entré en pánico. Llamé de inmediato al pediatra y quería llevarlo al hospital. Después de cuatro llamadas, el doctor me contestó y me dijo que eso era normal, que no me preocupe, al fin, pude respirar tranquilo.

Alguien me dijo que, si un niño a escucha música clásica, esto ayudaría a desarrollar su cerebro; así que junto a su cama le dejaba encendido el radio con música, no siempre clásica, también algo de rock y protesta. En las tardes le leía cuentos o las lecturas que tenía de tarea para mis clases de Sociología.

El tiempo ya no era el mismo, no podía estudiar dos carreras, visitarlo a diario y hacer pasantías en un centro de investigación a la vez. Tuve que decidir y dejé de estudiar Derecho, ya no iba con mis amigos a los bares y cada centavo que tenía era para pañales, fórmula, ropa, juguetes o algo para él. Pasábamos juntos todas las mañanas.

Buscando maneras de compartir tiempo juntos y al mismo tiempo desarrollar sus motricidades, lo inscribía en cursos de estimulación temprana. Nuestra primera experiencia fue la piscina, este sí que fue todo un período de experiencias. De las doce personas que íbamos a las clases con nuestros hijos, nueve eran mujeres, dos iban en pareja, yo era el único hombre solo. Todos los miércoles y sábados llegaba apresurado con tres maletas, lo cambiaba con prisa, pero con detalle, y entrábamos. En las clases de natación sentía a nuestras espaldas gestos de asombro, murmullos, tosecitas, falsas carrasperas, etc. Un padre solo, pelilargo, tatuado todo el brazo, era un espectáculo para quienes creen ciegamente en los mandatos de género.

El mundo patriarcal en el que vivimos nos ha otorgado roles y el rol del cuidado en un hombre es estigmatizado, por eso la sorpresa cada vez que yo iba solo con mi hijo a sus actividades. El rol del hombre en esta estructura perversa es la de proveer y reglamentar, alejándonos del sentir. Varias veces, en los habituales ejercicios de pareja en las clases de piscina, sentía que nadie quería hacer grupo con nosotros, por lo que terminábamos trabajando por nuestra cuenta o con la maestra.

Estuvimos un largo tiempo en natación y la dejamos porque el cloro de la piscina afectaba la piel de mi hijo. Entonces fuimos a música, tres veces a la semana por una hora y treinta minutos. Nos sentábamos en un salón a conocer los distintos instrumentos y sonidos musicales, le encantaba este espacio a mi hijo. Hasta hoy, él ama la música.

Cuando su abuela materna ya no podía cuidarlo, busqué minuciosamente una guardería, vi muchas, algunas muy bonitas, pero totalmente fuera de mi alcance económico. Entonces encontré una sencilla pero cálida, cerca de casa, con buenas personas. Cada mañana lo retiraba de su casa, lo dejaba en la guardería, me iba a la universidad y volvía por él en la tarde. Hicimos una buena relación con las profesoras, padres de familia y niños de la guardería. En cada programa de la institución participaba con gusto. Para estos tiempos, mi hijo dormía en mi casa al menos tres días a la semana. Era difícil hacer que concilie el sueño, pero una vez que se quedaba dormido no despertaba sino hasta el día siguiente.

Cada noche antes de dormir jugábamos, leía algo para él, y le cantaba como canción de cuna “Hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad, guardaba todos mis sueños, en castillos de cristal, poco a poco fui creciendo, y mis fábulas de amor, se fueron desvaneciendo, como pompas de jabón, te encontrare una mañana, dentro de mi habitación y prepararas la cama para dos…” de Sui Generis o la Canción del Oso de Tango Feroz. Cuando al fin se dormía, luego de al menos una hora de juegos, un biberón, como tres cuentos y dos canciones, yo tomaba un café y me sentaba a estudiar los pendientes de la universidad o a preparar los informes de la pasantía.

Decidir la escuela a la que iba a entrar fue una tarea sumamente compleja. Caminé esta vida y la otra, conociendo escuelas, al final y por sugerencia de una tía, terminé inscribiéndolo en una escuela militar. Una tía había trabajado durante muchos años ahí y me ayudaría a estar pendiente de él, estaba cerca de todo y no era costosa.

Por principios ideológicos no me gustaba nada que fuera militar o religioso, pero la inexperiencia me arrinconó. Los primeros tres años fueron buenos. Para estar al tanto de todo, fui presidente de padres de familia del aula todo ese periodo. Por tres años organicé y desarrollé muchas actividades como la colada morada, las fiestas de Quito, Navidad, día del maestro, día de la familia, mañana deportiva, etc. Al principio me costó mucho aprender a organizar este tipo de actividades, luego sabía hacerlas al derecho y al revés. Fue una experiencia linda, conocí a muchas madres de familia que siempre colaboraban en cada actividad. Este espacio me permitía estar siempre atento a lo que pasaba con mi hijo, conocer a sus amigos y maestros, así como apoyar en actividades de la escuela.

Retiraba a mi hijo a diario de la escuela al medio día, almorzábamos lo que le había preparado, hacíamos tareas, jugábamos, lo bañaba, cortaba sus uñas y tres veces por semana íbamos al conservatorio, luego lo iba a dejar en casa de su abuelo materno.

Luego vino un periodo fantástico, casi todo el tercer año y la mitad del cuarto grado escolar vivimos juntos. Fue una época estable, de muchos aprendizajes y alegrías. Todo el tiempo nos rodeamos de cuentos, música, conciertos, teatro, viajes, marchas, juegos, disfraces, bailes etc. Este tiempo fue maravilloso, aprendimos a sujetar cordones, a manejar bicicleta, a trepar árboles, a nadar. Yo quería que él recuerde una infancia feliz y dedicaba mi tiempo a eso.  

Muchas veces mi hijo me acompañaba a clases en la universidad. En alguna que otra ocasión incluso iba conmigo a exámenes, a conferencias, congresos, presentaciones de libros o reuniones con los compañeros de las organizaciones sociales. Él siempre llevaba su mochilita con sus juguetes y tareas ¡Qué satisfacción tan enorme era verlo a mi lado en las clases con su sonrisa cálida, sus ojos alegres y su pensamiento despierto!

De vez en cuando mi hijo incluso participaba en la clase con algún comentario o pregunta; en los recesos lo comía a besos y le decía “falta sólo una hora más y nos vamos cielo”, él asentía con cara de cansancio y decía bueno un ratito más, siempre me ha tenido paciencia.

Las tres piedras del camino

Imagen: Carlos Pástor
El dibujo hecho por un niño, de él y su padre con la palabra papá y un corazón

Al iniciar el cuarto año escolar, las cosas cambiaron radicalmente. La maestra del colegio militar era una dictadora. En tres semanas de clases, mi hijo había ido a la inspección siete veces, todos los días traía notas en la libreta escolar y la maestra lo sacaba de clases. Fui cada día a hablar con la maestra de esto y me decía que mi hijo solía conversar en el aula, dibujar en clase, cantar, etc. Yo no podía justificar estas actitudes, nunca podían ser razones suficientes para que lo saque del aula o que lo amenace.

Llevé a mi hijo a clases de música desde los siete meses de edad hasta hoy, le encanta dibujar, hace escultura, lee cada noche y es muy creativo; un colegio militar no era para él. Se sentía preso en este régimen militar con un general represor por profesora. No era feliz, la escuela era un castigo.

La gota que derramó el vaso fue cuando la maestra lo jaloneó del brazo y lo sacó del aula. Inmediatamente puse una queja por escrito y acudí a las autoridades del colegio, sin embargo, no me dieron ninguna respuesta. Sólo me respondieron que la maestra era una profesora muy antigua, hija de un general y que esa era su forma de enseñar.

Recordé entonces aquella canción de Sui Generis: “Yo formé parte de un ejército loco, tenía veinte años y el pelo muy corto, pero, mi amigo, hubo una confusión, porque para ellos el loco era yo. Es un juego simple el de ser soldado: ellos siempre insultan, yo siempre callado…” Entonces hablamos con franqueza con mi hijo y tomamos una decisión. Estiré cautelosamente mi mano hasta hallar la suya y salimos del colegio militar, esta decisión fue como un relámpago de incertidumbre, no sabía si hacía bien o no en retirarlo, separarlo de sus amigos y llevarlo a un lugar nuevo.  

Un día de sol, mientras buscaba una nueva escuela, vi un cartel grande con una frase que me conectó inmediatamente, decía “educar es la muestra más grande de amor”. No lo pensé dos veces y entré, conocí la escuela, conversé con autoridades, maestros, niños y uno que otro padre y madre de familia que encontré en el lugar, quedé encantado. Había mucha amabilidad, calidez y sencillez. Era una escuela pequeña, que contaba con algo más de 10 niños por aula, con maestros dinámicos y divertidos. No lo pensé más, hice todos los trámites, me endeudé por aquí y por allá y empezó clases en la nueva escuela el siguiente lunes. Hoy veo con seguridad que fue una excelente decisión, él es feliz, tiene buenos amigos, aprende y es tratado con respeto y paciencia.

En muy poco tiempo hubo varios cambios fuertes, nueva escuela y dejar de vivir juntos. Nuevamente yo lo retiraba al medio día, hacíamos lo habitual, tareas, juegos, conservatorio, etc. Cada noche lo iba a dejar en su otra casa con las tareas terminadas, luego de cenar, bañarse y con los uniformes limpios para el día siguiente.

Durante el periodo en que lo cambié de escuela, coincidieron tres hechos fuertes que marcaron significativamente nuestras vidas. Primero un cambio de escuela, con nuevos amigos, con nuevas maestras, nuevas exigencias, cambió la vida cotidiana de mi hijo. Con altos y bajos logró hacer amigos, estabilizar sus aprendizajes en la escuela y convivir armónicamente. Al poco tiempo, cuando apenas todo se normalizaba, estalló el juicio de tenencia entre su madre y yo.

En casi siete años no fue necesario un proceso judicial, pero las circunstancias me obligaron a promoverlo. Fue un periodo triste y desgastante psicológica, física y económicamente. Tuvimos que vivir audiencias, visitas de trabajadores sociales, citas con psicólogos, recopilación de información, pruebas, testigos, abogados, incertidumbres, polarización, miedos, etc.

A veces me preguntaba si era correcto seguir el juicio por todo el dolor que nos provocaba, sobre todo a él, eso es lo que más me dolía. Lo veía en la “sala lúdica”, mientras alguien le cuestionaba: ¿cómo vives con tu padre? ¿cómo vives con tu madre? ¿qué haces en casa de tu papá? ¿qué haces en casa de tu mamá? ¿con quién te gustaría vivir y por qué?, me mataba…

Cuando él acudía a los juzgados se lo veía aparentemente tranquilo, pero cuando llegábamos en la tarde a casa luego de todo, él lloraba, se molestaba, me gritaba que era mi culpa, que yo quería alejarlo de su madre. No soy el mejor ejemplo de padre y lo admito, pero desde que nació mi hijo, yo dediqué mi vida a buscar las condiciones que me permitan cuidarlo, formarlo, guiarlo. Estaba convencido que tenía la vocación, voluntad, decisión y condiciones para ser papá a tiempo completo, como lo había sido siempre. Viviendo juntos, mi hijo tendría una vida en armonía, cariño, responsabilidades y respeto, sin primas, ni temores.

Me preparé para el proceso como cuando estudiaba para mis exámenes. Mi mejor estrategia era siempre decir la verdad. Cuidadosamente organicé un archivo de más de un centenar de documentos entre carnets de vacunación, carnets de cursos de estimulación, reportes académicos, cartas, recetas del pediatra, etc. Al mismo tiempo visité a cinco personas para que me ayuden con sus testimonios en el juicio, una profesora de su antigua escuela, la directora de su nueva escuela, su pediatra y su abuelo materno.

Luego de todo el proceso, la jueza decidió que lo mejor para el niño era que viva conmigo de lunes a viernes y que tres de los cuatro fines de semana del mes visite a su madre. El proceso fue largo, pesado, complejo, doloroso, pero estoy seguro de que enfrentar este juicio fue una de las mejores decisiones que tomamos para nuestras vidas, la estabilidad valió todas las penas.

El tercer hecho que marcó nuestras vidas fue mi detención arbitraria. Una tarde de diciembre de 2015, las organizaciones sociales con las que he militado desde los catorce años convocaron a un gran paro nacional en contra de las enmiendas a la Constitución. Acudí a la convocatoria con conciencia y compromiso, empezó en la mañana así que como todos los días dejé a mi hijo en su escuela y luego fui a la marcha. Estuve en las calles gritando las consignas, repartiendo volantes, pintando pancartas etc. Al medio día me fui, como siempre, a retirar a mi hijo de la escuela.

Hicimos lo habitual, aquel día no tenía clases en el conservatorio, así que le propuse ir a comer en casa de mis padres. Mientras nos dirigíamos a casa de sus abuelos paternos, íbamos escuchando el debate que los asambleístas tenían sobre las reformas. Estaba indignado por la ambigüedad y nula argumentación que sostenían los “honorables”. Cuando llegamos a casa de mis padres me escribió mi compañera de vida y me dijo que estaba aún en la marcha, yo estaba terminando la jornada, así que le propuse encontrarnos allá. Me despedí de mi hijo, le dije “no tardo” y volví 15 días después. Me detuvieron injustamente el 3 de diciembre de 2015, el delito fue oponerme al excesivo uso de la fuerza policial. Nos juzgaron a 21 personas por “falta de palabra a la autoridad” durante el correísmo. 

Mi hijo ama Star Wars, ha visto todas las sagas, ha leído varios de los libros, colecciona sus figuras, tiene camisetas, sacos, medias y un traje de maestro Jedi. Cuando nos enteramos de que se iba a estrenar la última película “El despertar de la fuerza”, le prometí que lo llevaría al preestreno, así que compramos las entradas con tres meses de anticipación, en su habitación colocamos un calendario grande donde íbamos tachando cada día hasta que llegue el gran día.

El estreno era el 17 de diciembre a medianoche y yo salía de prisión el 18. Mi hijo ya no quería ir, estaba triste, era mucho lo que había pasado. No me dolía dormir en el suelo, no sentía el frío de la noche, no veía nada, ni las ratas paseándose con las cucarachas, ni la pésima comida, solo pensaba en la última vez que vi a mi hijo, le dije que no tardaría y no cumpliría mi promesa.

A diario hablaba con mi hijo por teléfono. El 17 de diciembre, un compañero del pabellón que no era del grupo de presos políticos conocido como los “21 del arbolito” se suicidó, sufría de claustrofobia y se había quedado encerrado sólo, no soportó más la prisión. Este lamentable hecho y la movilización de las organizaciones permitieron que nos liberaran un día antes de lo previsto y yo pudiera cumplir mi promesa.

Cuando salí me hicieron una limpieza de purificación, yo buscaba con la mirada a mi hijo, él estaba ahí, medio dormido, medio despierto, con su traje de maestro Jedi, corrí a abrazarlo y no me dieron tiempo ni de llorar, porque enseguida me vistieron de “Chubaca” y sin mayores palabras fuimos al estreno de la película. Mi hijo no me decía mucho; en momentos así, es duro, decir algo que realmente no sobre; yo tampoco insistí, solo tomaba su mano y respiraba una, y otra vez intentando descubrir si lo que estaba pasando no era un sueño.

Casi al final de la película hay una escena en la que un padre intenta persuadir a su hijo que regrese a la fuerza, porque se había ido al lado oscuro y el hijo se muestra confundido, vulnerable, pero termina eligiendo el lado oscuro y con su sable láser mata a su padre. Ese momento mi hijo apretó mi mano con fuerza y me dijo “gor, te amo” y luego lloramos abrazados. Esa noche dormimos juntos.

Aprendiendo a caminar…

En nuestras sociedades es muy difícil concebir que un hombre puede ser capaz de dedicar su vida al cuidado de sus hijos, pero sí es posible, yo lo hago todos los días. Por supuesto, esto también es posible por el apoyo, amor y motivaciones infinitas de mi compañera de vida, de mis padres y hermanos, de mis grandes amigos, de los abuelos maternos de mi hijo, profesores que creyeron en mí, la universidad pública que permitió que accediera a estudios superiores, centros de investigación y cooperación que han apoyado mis investigaciones, publicaciones, estancias, todo.

No ha sido nada fácil, dormir poco, aprender a cocinar, a lavar platos y ropa, correr a ver a mi hijo a la escuela, volver a estudiar las tablas de multiplicar, y al mismo tiempo amanecerme con los trabajos de mis estudios universitarios, y todo en condiciones económicas limitadas y laboralmente precarias. Viviendo de las becas y de los apoyos de mis padres, comiendo muy sencillo, pero alimentos sanos y preparados con amor. No es fácil, pero es una vida que amo, la volvería a vivir y la vivo hoy. Todo vale la pena, cuando cada mañana voy a su habitación, abro las cortinas y le digo “pajarito mañanero ya es hora de levantarse”.

Durante estos años he aprendido que ser papá es educar con el amor del ejemplo, no se le puede decir a un hijo que arregle su habitación, cuando la habitación de uno es un caos, que no grite cuando uno grita todo el tiempo, no fumes y terminarte una cajetilla diaria, ser consecuente con la vida, con lo que dices y haces. Cumplir acuerdos que se establecen en casa, amar sin prisa y con fervor, sin telones, con franquezas. Este camino juntos me ha enseñado sobre todo a amar. Puedo decir con toda seguridad que mi mejor maestro en la vida ha sido mi hijo, él es quién con sus gestos, sus risas, sus reflexiones, sus broncas, sus palabras, me enseña un mundo mágico lleno de caminos, abrazos, avatares, las más hermosas alegrías y las más duras tristezas.

Hoy tengo algo más de experiencia, pero aún sigo sin saber qué es ser un buen padre. Cuando yo era niño, papá siempre me cantaba esta canción, “Cada vez que me acuerdo de mi hijo, me da como una punzada, aquí, muy dentro del pecho, donde se halla colocada, tan sensible, tan nombrada y tan propensa a la emoción, esa masa colorada que se llama corazón. Y cómo no he de sentirla si se trata de mi hijo, el que, con sus payasadas, su chicle y su mermelada, me dejaba pegajosos, el cubrecama, la almohada, y aunque a veces me propuse reñirle, siempre fallaba porque el pícaro salía con su sonrisa inocente y al verlo, así, tan sonriente, y (…) bueno, lo perdonaba” de Tito Fernández.

Yo no entendía bien la canción, aunque la cantaba con él. Hoy la entiendo a la perfección, sé a qué se refería cuando decía que cada vez que se acuerda de mí, de su hijo, siente como una punzada, porque hoy, cada vez que yo me acuerdo de mí hijo también siento esa punzada.

Aspiro que mi hijo valore la diversidad, que sea lo que quiera ser, que sea afectivo, respetuoso, que mire a las/los otros como iguales, que luche por construir un mundo mejor, que sea crítico con el sistema, que se indigne por las injusticias y actúe para cambiarlas, que escoja alimentos sanos o que cultive sus propios alimentos.

Ahora que está a las puertas de la adolescencia, esa época compleja pero sabrosa, yo estaré ahí, para alentar sus motivaciones, para contar experiencias, para enseñarle a cuidar el huerto y para darle abrazos y besos cada vez que se caiga para que se levante. Estaré aquí para las broncas que haremos cuando no coincidamos en algo, no soy el mejor padre, y no pretendo serlo, pero soy del tipo de padre que entregaría mi vida por él. Sólo intento darle herramientas y mostrarle caminos para que al final del día los recorra con fuerza, sin mí y camine por el que él decida. 

El tiempo es tan efímero, que estos diez años se fueron en un suspiro. Mientras aún pueda, yo estiraré mi mano con sutileza para encontrar la suya y caminar juntos mientras contamos historias. Seguiré leyéndole en voz alta cuentos y poesías, seguiré cantando. Aunque ahora ya lee solo en las noches y tiene sus propios gustos musicales. Mi abuelita siempre dice crecen tan rápido, y sí, la verdad sí, mi hijo crece tan rápido que apenas me doy cuenta de que ya no debo agacharme tanto para conversar con él.

No estoy seguro qué es ser un buen padre o qué es la paternidad, pero estoy seguro de que es mucho más que proveer y reglamentar. La paternidad es una decisión de vida, un ejercicio cotidiano, creo que la paternidad es un compromiso con la condición humana. Para mí, el reto de cada padre debe ser el de romper la idea capitalista, patriarcal y colonialista que nos vendieron como felicidad, es prioritario enseñar a nuestros hijos e hijas que la felicidad no es sinónimo de consumo, que somos iguales en derechos, que los alimentos no vienen de los supermercados, que un mundo donde quepan otros mundos es posible, La paternidad es romper esa lógica de acumulación y despojo, es formar niños y niñas profundamente democráticos, feministas, críticos y agroecologistas.

Se aprende en la escuela

 se aprende de golpe

se aprende de a poco

un hijo te vuelve a enseñar

y a veces se aprende recién al final

-Jorge Drexler-

[1] Artículo escrito entre 2016-2017 y publicado originalmente en el año 2018 en el libro “Que hacemos con las masculinidades” editado por Gustavo Endara: chrome-extension://efaidnbmnnnibpcajpcglclefindmkaj/viewer.html?pdfurl=https%3A%2F%2Flibrary.fes.de%2Fpdf-files%2Fbueros%2Fquito%2F14520.pdf&clen=4068240&chunk=true

[2] Padre en permanente formación. Especialista en comida casera, lavar platos y arreglar dormitorios. Experto en técnicas de negociación y resolución de conflictos para ordenar juguetes y realizar tareas escolares. Politólogo por la Universidad Central del Ecuador, Especialista Superior en Cambio Climático, Magister en Estudios Latinoamericanos con mención en Relaciones Internacionales y Doctorando (Ph.D) en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Andina Simón Bolívar Sede Ecuador. Líneas de investigación: problemática agraria, grupos económicos, elites políticas, luchas campesinas indígenas, geopolítica agraria y el papel Estado. Desde 2011 es miembro del Grupo de trabajo de CLACSO “Desarrollo Rural: Estudios críticos”. Actualmente, coordinó el Taller de Estudios Rurales de la Universidad Andina Simón Bolívar.

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El medio de comunicación no se responsabiliza por las opiniones dadas en este artículo.

La Disputa

República Centroafricana: crisis e indiferencia

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Victoria López articulista La Disputa

República Centroafricana: crisis e indiferencia República Centroafricana: crisis e indiferencia

Desde hace cinco años atrás la población centroafricana vive en medio de permanentes enfrentamientos. La República Centroafricana (RCA) está dividida entre musulmanes y cristianos que luchan por el control del poder y la religión.

Toda la masacre desatada en el país se debe al surgimiento de grupos armados que continuamente atacan aldeas. Conocidos como Selekas intentan eliminar cristianos en una especie de limpieza interna. Como respuesta ante los actos violentos surgió el grupo Anti-balaka, que no forman un frente de milicias cristianas, por el contrario, son un grupo de personas que se defienden de los constantes ataques sangrientos de los Selekas. Sin embargo, han llegado a cometer crímenes atroces hacia toda persona que se declare musulmán, por consiguiente los dos grupos armados no gubernamentales son responsables de graves violaciones a los derechos humanos.

Todos estos acontecimientos tienen lugar en un país empobrecido y fraccionado. No existe un registro fiable de las personas que habitan la República Centroafricana, los datos proporcionados hasta la actualidad han sido recogidos por organizaciones internacionales, que tratan en medio de la violencia ayudar a la población.

La RCA está golpeada por la crisis y la pobreza. Los niveles de desnutrición son alarmantes. A eso se agrega el peligro que sufren los niños de ser reclutados por cualquiera de los dos bandos para enfrentarse. Civiles que matan a civiles por la absurda campaña de limpieza basada en la religión. Tanto Save the Children como Unicef intentan rescatar niños y niñas que forman parte de las milicias. Generalmente son utilizados para formar parte de la primera línea de combate.

Además, las niñas son víctimas de constantes abusos y violencia sexual, lo que significa que la infancia es un recuerdo doloroso y amargo para los niños y jóvenes de RCA. El desarme, desmovilización y reintegración son objetivos primordiales de las organizaciones que protegen los derechos de los niños, niñas y adolescentes. 

A esto se agregan los continuos desplazamientos de personas hacia zonas libres del conflicto. Huyen de la muerte y el hambre, dejan toda su vida e historia para ser extranjeros en otras tierras donde pueden encontrar seguridad; refugiados que piden ayuda ante su difícil situación. Según datos de Acnur cerca de un quinto de la población ha tenido que desplazarse internamente y hacia países vecinos.

Quienes han logrado instalarse en refugios improvisados necesitan ayuda para subsistir. En septiembre de 2015 fuerzas de paz de las Naciones Unidas reemplazaron a un ejército de Naciones Africanas, pero la violencia subsiste, pese a los acuerdos de paz, la población refugiada se encuentra en riesgo al regresar a sus hogares. 

Según datos de Amnistía Internacional, nuevos ataques fueron perpetrados hace un tiempo, y al menos veinte personas murieron. La violencia estalló después de que las fuerzas de seguridad trataran de detener a un miembro de un grupo armado de “autodefensa” en el barrio de PK5, en Bangui.

Esta crisis humanitaria desatada en la República Centroafricana no se debe únicamente al conflicto armado, sino también a la inestabilidad política de los últimos años. A esto se añade la catástrofe sanitaria por la que atraviesa el país, ya que no cuentan con sistemas de tratamiento de aguas residuales, ni tienen acceso al agua potable, lo que conlleva la aparición de enfermedades que, por falta de medicamentos y personal apropiado provocan muertes.

En definitiva, la situación actual de los centroafricanos es caótica y se enfrentan al olvido. Varias organizaciones internacionales se encuentran presentes para socorrer a las víctimas del conflicto, además de proteger los derechos de las personas. Oxfam Intermón trabaja en el terreno con proyectos que proporcionan agua, saneamiento e higiene, seguridad alimentaria y medios de vida.

Son objetivos principales en estos momentos el restablecimiento de la paz, la seguridad, la conciliación y el estado de derecho. El mundo no puede continuar indiferente ante este tipo de actos violentos. No es posible que la guerra interna continúe cobrando la vida de inocentes y la población siga sometida al empobrecimiento en un país rico en recursos. La ayuda internacional llega a cuenta gotas, especialmente por la oposición de Selekas y Anti-balakas, quienes no permiten que las personas reciban atención.

Es necesario e imprescindible que los culpables de este tipo de actos atentatorios de los Derechos Humanos sean llevados ante los Tribunales Internacionales. La República Centroafricana no puede seguir siendo víctima de continuas violaciones a sus derechos, tiene derecho a gozar de libertad, seguridad y una vida digna. África debe recuperarse de la fragmentación y la pobreza. Ese compromiso de promoción y protección de los derechos está a cargo de todos los seres humanos, la responsabilidad es de todos y la indiferencia no hará que el problema desaparezca.

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La Disputa

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