El IESS y su estado de excepción con la salud El IESS y su estado de excepción con la salud El IESS y su estado de excepción con la salud
El Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social incumple con el derecho a la salud consagrado en el artículo 32 de la Constitución de la República del Ecuador, por ende, vulnera potencialmente el derecho a la vida de cientos y miles de afiliados y jubilados, quienes claman a las afueras de los hospitales del IESS, casi a diario atención médica digna e integral, con calidad y calidez; pues son ellos -con sus aportes periódicos- los verdaderos dueños de la seguridad social. Aunque todavía algunos funcionarios de distinto rango y personal médico de esta institución, se nieguen tácitamente o con actitudes hostiles (maltrato, gritos) a reconocerlo.
La atención médica de calidad implica también la entrega puntual y continua de fármacos a los pacientes de las distintas casas de salud del IESS; sin embargo, desde hace algunos meses ocurre lo contrario, sobre todo en los hospitales calificados de tercer nivel (Carlos Andrade Marín en Quito, Teodoro Maldonado en Guayaquil, y José Carrasco Arteaga en Cuenca), en donde afiliados y jubilados tienen que comprar desde los insumos médicos para sus intervenciones quirúrgicas hasta las medicinas para su recuperación. La razón: en todos ellos existe un desabastecimiento que supera el 50% entre medicamentos e insumos, hasta llegar al 71%. A esto se suma la escasez de reactivos para exámenes de laboratorio y la constante falta de información del personal de farmacia que nunca o casi nunca contesta el teléfono de su área, ni otorga explicaciones a los pacientes que requieren conocer cuándo podrán retirar sus medicinas.
La actuación y procedimientos del IESS y sus autoridades también riñen en materia de salud con lo legalmente establecido en el artículo 35 de la Constitución de la República, que categoriza e incluye a las personas con enfermedades catastróficas dentro de los grupos de atención prioritaria, es decir, que tienen el derecho a recibir de las instituciones de salud pública (MSP e IESS) como privadas, atención especial y prioritaria. Lo mismo sucede con el artículo 50 de la Carta Magna que dispone al Estado garantizar el derecho a la atención especializada y gratuita en todos los niveles, de manera oportuna y preferente a todas las personas que sufren de enfermedades catastróficas o de alta complejidad.
Ni qué decir del artículo 362 de la Constitución que manda la gratuidad a los servicios de salud, incluidos los medicamentos. O del artículo 363 numeral 7 del mismo cuerpo normativo que establece como responsabilidad del Estado el “garantizar la disponibilidad y acceso a medicamentos de calidad, seguros y eficaces, regular su comercialización y promover la producción nacional y la utilización de medicamentos genéricos que respondan a las necesidades epidemiológicas de la población. En el acceso a medicamentos, los intereses de la salud pública prevalecerán sobre los económicos y comerciales”.
El silencio del personal de salud y de las autoridades, o las respuestas tardías de ambos con diagnósticos que se centran en la crisis y no en la solución, resultan insuficientes para afrontar esta problemática con hechos concretos. ¿En qué parte de la legislación nacional se avala el incumplimiento o la restricción de los derechos y garantías constitucionales de los ciudadanos? En ninguna, pero el Seguro Social vive su propio estado de excepción a costa de la salud de los afiliados y jubilados e incluso de un sector de la opinión pública que no aborda ni visibiliza este tema. Mientras se sigue drenando el dinero de los afiliados por un servicio (el de salud) que no reciben de manera integral.
El escenario se agrava aún más en el caso de los pacientes con enfermedades catastróficas (cáncer, VIH, trasplantados de órganos, y otras); degenerativas (lupus, artritis reumatoide, por dar unos ejemplos); y las denominadas enfermedades raras, pues para cada una de estas patologías los medicamentos tienen un alto costo y, en consecuencia, un significativo impacto en la economía de sus familias, consecuentemente no pueden ser adquiridos en su totalidad, mucho menos de manera recurrente.
En caso de que los afiliados y jubilados adquieran los medicamentos, ¿el IESS repondrá los montos invertidos o naturalizará esta práctica con la indiferencia y el olvido? ¿Quién se hará responsable por el deterioro en la salud y por la vida de los pacientes del IESS con enfermedades catastróficas, degenerativas o raras que no reciben a tiempo sus medicinas? La progresión de estas enfermedades y sus consecuencias directas e indirectas en quienes las padecen y sus familias son temas que al parecer no están en la agenda de las actuales autoridades de la seguridad social, a quienes hay que recordarles que la salud y la vida no esperan.
¿Será que la crisis del sistema de salud del IESS está dentro de las prioridades del Gobierno Nacional o de los legisladores, en especial de quienes integran la Comisión de Salud de la Asamblea Nacional?
El medio de comunicación no se responsabiliza por las opiniones dadas en este artículo.
Vienes presumiendo tu vida eterna,
la mayoría de las veces somos náufragos y
esperamos la salvación de tu advenimiento,
no podemos huir, no hay buenaventura.
Somos exiliados del saber de tu llegada,
eres como una trampa lenta que clama,
clamas por nuestro suspiro,
eres parte del desasosiego y de las lágrimas.
No te odiamos, eso es muy poco sentimiento,
perpetramos nuestra vida huyendo de ti,
pero eres regia,
todos somos tu pareja de baile.
Esa carta violeta queremos que sea tardía
nos aferramos a la libertad de la Tierra,
nos aferramos al derecho de no hacer el viaje,
pero debes planear nuestro tránsito.
Eres fantástica, te imagino con tu guadua,
te imagino toda primorosa y
con gran confianza de cada cometido.
A veces eres piadosa y tenebrosa,
dejas que contemos los pasos carentes,
nos permites que nos alejemos de los nuestros,
pero otras veces eres fulminante y llevas prisa.
Celebración de la independencia de Cuenca en la Sociedad Agrícola e Industrial de Azuay. INPC. Foto: El mercurio
Antecedentes
La independencia de Cuenca empieza en 1795 desde distintas locaciones de la ciudad. Un 25 de marzo de 1795, el mensaje de pelear por la libertad se masificaba a través escritos y letreros. «Nobles ciudadanos, prevengan las armas para la libertad nuestra y la de nuestros hijos…no queremos tirano rey», decía uno de los grafitis encontrados en el espacio público de la ciudad. El Gobernador intentó actuar frente a los autores de estos actos, sin embargo, el mensaje revolucionario e independentista ya se había instaurado en la población cuencana.
Independencia de Cuenca
Ilustración en representación a la Independencia de Cuenca. Foto: Brainly
Tras varios intentos independentistas fallidos, el 3 de noviembre de 1820 se da el levantamiento protagonizado por jóvenes y el pueblo en general. Motivados por los sucesos ocurridos el 9 de octubre de 1820 en la independencia de Guayaquil, los pobladores de la ciudad de Cuenca liderados por Tomás Ordóñez, José Sevilla y el clérigo Juan María Ormaza, el 3 de noviembre confrontaron a las autoridades españolas y reclamaron su libertad.
El Dr. José María Vásquez de Noboa, segundo alcalde de la ciudad mandó a publicar las Reales Órdenes Españolas, junto a la escolta militar; durante la lectura de dicho mandato en una esquina de la ciudad, nueve patriotas en complot con Vásquez se acercaron a la escolta y la desarmaron a la fuerza.
Los ciudadanos, escasamente armados, se dirigieron a la Plaza San Sebastián. Se reunieron con el objetivo de planear el ataque al cuartel rigurosamente defendido por 109 soldados al mando de Antonio García Tréllez.
¡Que viva la libertad, abajo los chapetones, abajo la terquedad! – era una de las consignas.
Por seguridad, el movimiento libertario decidió movilizarse al barrio El Vecino, donde podían tener más control de la ciudad y a su vez conseguir más refuerzos. El cura Javier de Loyola arribó junto a indígenas y más ciudadanos armados que se sumarían a la revolución. Con más personal a su favor, los patriotas hicieron filas y se apoderaron de la plaza central, tomaron el cuartel y declararon triunfal la independencia de Cuenca.
Constitución de Cuenca
3 de noviembre de 1820- Independencia de Cuenca Foto: eltiempo.com.ec
José María Vásquez de Noboa fue asignado como presidente de la Junta Suprema de Gobierno en señal de gratitud al liderar la Independencia. Vásquez de Noboa se mantuvo en el poder hasta el 20 de diciembre de 1820.
Este día, las tropas patriotas fueron atacadas y derrotadas por el ejercito real en Verdeloma. Este suceso dejo 200 fallecidos en el campo de batalla. Posteriormente las milicias reales llegaron a Cuenca y acabaron con la independencia.
Se mantuvieron largos meses de dictadura hasta que el 21 de febrero de 1822 el mariscal Sucre arribó triunfalmente, sellando la libertad definitiva de Cuenca. Anunciando la batalla de Pichincha el 24 de mayo del año siguiente.
La conmemoración de los difuntos es una celebración universal, todas las culturas ancestrales la celebran, aunque en fechas distintas, pues todas las culturas reconocen la importancia de vincular el mundo de los vivos con el mundo de los muertos.
Las formas de celebrar esta fecha difieren según los elementos generados en la cosmovisión de cada pueblo en torno a la vida y la muerte.
Entre los elementos más esenciales de la cosmovisión andina sobre la vida y la muerte se reconocen por lo menos estos elementos:
1.La vida en el entendimiento andino es un transcurso existencial aquí y ahora en esta realidad, que forma parte de una existencia más compleja, en otras dimensiones, otras pachas, y es cíclica esto es con posibilidad de retorno. Vivimos esta parte de la existencia conformados con:
Un conjunto de circunstancias espacio/temporales especiales, dentro de las cuales nos manifestamos con una singularidad física, anímica y psicológica -propia de nuestra especie- somos seres humanos.
Poseemos un nivel específico de conciencia que nos conecta con nuestra realidad física y psicológica, pero además con los otros niveles de conciencia, la superior y la interior y facilita el comando de nuestras facultades psíquicas.
Estamos dotados de, y desarrollamos, unas herramientas de conocimiento características para acumular y sistematizar nuestra experiencia en provecho de nuestro desarrollo físico, anímico y espiritual.
Podemos acceder a niveles de contacto con el resto de lo que llamamos realidad, y también con las otras realidades de los otros pachas.
2. La muerte no es un final, sino un paso, una puerta que comunica esta existencia con otros modos de existencia, que forman parte de una realidad multidimencional y sincrónica que se orienta a un propósito universal.
“Para el hombre andino el ”Kamaquen”, o energía vital, anima los seres vivos y no concluye con la extinción del cuerpo físico; simplemente se reintegra al gran océano de la vida que impregna el universo en la totalidad de los mundos.” Federico García y Pilar Roca en “Pachacuteq una aproximación a la cosmovisión andina”. Fondo editorial San Marcos, Lima Perú 2004.
3. Desde este particular modo de entender la existencia, no existe la muerte, la vida continúa en otra dimensión, la muerte solo es un paso dimensional a otra forma de existencia. Las otras dimensiones están cruzadas con la nuestra y se manifiestan de modos específicos que hay que aprender a conocer y dominar. En otras palabras, una parte de nosotros llamada “Samai” -o Kamaquen para los Incas-, es decir el alma, el soplo creador, nuestra parte espiritual, sigue viva, continúa su existencia en el otro mundo, y seguirá cumpliendo su propósito. Para cumplir el propósito existencial serán necesarias varias vidas o existencias, en este mismo plano y luego en otros planos, por lo cual el ser humano (el runa) a lo mejor tendrá que encarnarse repetidas veces y transitar este tiempo-espacio con sus circunstancias específicas en otras formas de vida en una espiral de ascenso a la unificación con el “Pachakutik pachakawsay” (La vida eterna o tiempo-espacio de vida eterna).
“ al morir un individuo, su “kamaquen” diferenciado regresa al “Kamaquen” universal donde permanece hasta que ingresa nuevamente a otro ciclo de vida, no se reencarna necesariamente en otro ser de la misma especie que fue, ni siquiera en el Kay Pacha donde habitan los seres vivos que nosotros conocemos. Lo hace en otra dimensión de Pacha, y tal vez en mundos remotos de cuya existencia no tenemos siquiera intuición o memoria. “Huañuscapaca kamaquenchica pacha callpama tigramun” “Cuando morimos nuestra vida regresa a la gran energía del universo” Federico Garcia y Pilar Roca en: “Pachacuteq una aproximación a la cosmovisión andina”, fondo editorial San Marcos, Lima Peru 2004.
4. En nuestra realidad específica están presentes sincrónicamente las entidades energéticas y espirituales de las otras realidades y es posible contactarse con ellas en el propósito de participar de su conocimiento experiencia y juicio. Estas entidades llamadas “Ayas”, “Animas”, “Taitas”, “abuelos”, “aliados”, “espíritus” según su categoría pueden estar encarnados en otros seres de la creación, como las plantas por ejemplo, especialmente en los árboles de especies sagradas como el Quishuar, el Pumamaqui, y otros más, o en animales mítico-sagrados como el venado, el oso, el cóndor etc., u otros fenómenos de la naturaleza que participan del orden de lo sagrado, como el arco iris (Kuichi), el viento (Waira), los montes, los ríos, y finalmente en personajes míticos específicos, como las huacas, los duendes, el chuza longo, y otros denominados guías, maestros, guerreros de la luz o de otros modos metafóricos.
5. Existen modos de contacto con estos seres al alcance de todos los ser humanos. Los modos de contacto que tenemos con ellos y con esas otras realidades pueden ser de distinto nivel, como por ejemplo: los estados alterados de conciencia en los que los Yachaks y los Taitas pueden entrar a través de ciertas practicas, entre ellas el ingerir bebidas sagradas que nos comunican con el mundo de los muertos (Aya Wasca), o como los estados extáticos adquiridos a través de ritos especiales intermediados con danza y música especiales, y finalmente la exaltación de una fina sensibilidad para interpretar las señales presentes en nuestra cotidianidad, lo cual requiere de un prolongado afinamiento de la intuición y el saber.
6. Los difuntos siguen vivos -solo que están en una dimensión (pacha) distinta de la nuestra, (los vivos)- siguen participando, de y, en nuestra existencia, existe un dialogo permanente con ellos, se les consulta, y su consejo puede ser determinante para ciertas decisiones. Se les convida, y su presencia es honrada como si físicamente permanecieran entre nosotros. Siguen siendo miembros actuantes y permanentes de la familia, el ayllu y la sociedad. Antiguamente en el periodo prehispánico se les consultaba incluso para tomar decisiones políticas importantes y se mantenían como jefes de familia determinantes para las panacas (grupos familiares consanguíneos que accedían a los puestos administrativos y de poder). Los difuntos no están segregados a otro mundo pasivo, no existe el concepto de “que descansen en paz”, o “en el más allá”, se los considera activos, y aquí mismo cerca y con nosotros.
Este modo de entender la realidad –esta cosmovisión- resumida por lo pronto en estos seis puntos, se materializa y se expresa en un conjunto de prácticas muy específicas en el mundo andino y en nuestras culturas herederas; estas prácticas todavía se las ve presentes, aunque obligadas a un proceso de sincretismo con elementos de otras culturas que han compartido y comparten su historia; tal es el caso de la celebración del día de difuntos.
Esta celebración que por otro lado es universal, es decir todas las culturas originarias de cualquier parte del mundo destinan ciertas fechas a conmemorar a los difuntos y celebrar el misterio de la muerte. Nuestra cultura andina y en particular la cultura Kichwa de lo que hoy es Ecuador y Perú celebraban este acontecimiento en el denominado “Aya marcay” (mes de los muertos o mes de marcar a los muertos), que coincidía entre la octava y novena luna de su calendario esto es entre el mes de octubre y noviembre actuales.
Aquí una mirada a la descripción e ilustración que hace el Cronista Felipe Guaman Poma de Ayala en su “Nueva crónica y buen gobierno” (1615)
“Este mes fue el mes de los defuntos, aya quiere dezir defunto, es la fiesta de los defuntos.
“En este mes sacan los defuntos de sus bóbedas que llaman pucullo y le dan de comer y de ueuer y le bisten de sus bestidos rricos y le ponen plumas en la cauesa y cantan y dansan con ellos. Y le pone en unas andas y andan con ellas en casa en casa y por las calles y por la plasa y después tornan a metella en sus pucullos, dándole sus comidas y bagilla al prencipal, de plata y de oro y al pobre, de barro. Y le dan sus carneros y rropa y lo entierra con ellas y gasta en esta fiesta muy mucho.”
Ritual del día de los difuntos
La vida de los andinos (los runa) es celebrativa por excelencia, de modo que cada mes tenía una celebración especial, y es que la celebración es un modo sagrado de participación del ser humano con lo universal y trascendente. La vida transcurría entre celebraciones que marcaban con sacralidad las tareas profanas, dando sentido al transcurso del tiempo, y marcando hitos significativos en el camino de la vida y convirtiendo los cronos en cairos.
La celebración del Aya Marcay se realizaba de la siguiente manera: La población celebraba ritos colectivos, de conmemoración, es decir hacer memoria colectiva, de los hechos y personajes que han marcado su historia. Para ello sacaban a pasear en andas a las momias de sus caciques o gobernadores más representativos, en el Cusco (por las referencias de los cronistas, pero de igual manera en todas partes del territorio del tawantinsuyo) se sacaba a pasear las momias de los Incas ( o de los señores importantes de la comarca), en medio de cantos y bailes rituales de lamentación y de celebración de la vida y la muerte, los cronistas relatan el último acontecimiento público de estos, cuando pudieron presenciar la procesión con el cuerpo de Huayna Capac y Huascar.
Luego de esta procesión, se realizaba una comida comunitaria, compartiendo alimentos; los vivos en presencia de los muertos, los cuales se suponía participaban desde su otra existencia. Se brindaba a los muertos los alimentos que más les había gustado en vida, de modo de cumplimentarlos o agasajarlos desde este mundo.
Las pequeñas poblaciones o las familias aisladas solían hacer la procesión sacando a pasear a algún antepasado celebre, ya sea en cuerpo presente, con su cuerpo momificado o representado por una imagen de las que se tenia en los hogares como espíritus tutelares llamados “Wacas”, o ”Wuaukis” ( se conservan personajes del Quito preincaico momificados, en el sitio arqueológico – funerario de la Florida) e igualmente celebraban un ágape con los vivos y en presencia de los difuntos congregados en algún sitio sagrado y simbólico, costumbre que se conserva hasta hoy en los cementerios de las poblaciones rurales de todo nuestro país.
Con la irrupción de la cultura “Occidental” en nuestro territorio, y sobretodo por la injerencia tan decisiva de la religión católica, estos ritos se transformaron, buscando elementos simbólicos sincréticos que permitieran la pervivencia del significado sagrado, aunque expresados externamente con otros símbolos. La iglesia prohibió la procesión de los muertos, por cuanto les pareció una profanación el sacar a los muertos de su lugar de descanso y exponerlos al público entre bailes y celebraciones, pues, desde su punto de vista los muertos deben descansar en el polvo, hasta su reintegración a la materia originaria, “el polvo vuelve al polvo”.
Al respecto, el investigador e historiador ambateño Gerardo Nicola en un artículo suyo referente a las tradiciones ecuatorianas en fecha de difuntos, recientemente hecho público, manifiesta refiriéndose a un comentario de esa época: “En 1718, la Compañía de Jesús acaba de aislar de las costumbres quiteñas una tradición que tiene un toque de muerte y que además es estrafalaria, rara, grotesca y extraña. Los Jesuitas han impuesto la prohibición de salir en procesión con los esqueletos de sus seres queridos, bajo pena de lanzar a los quintos infiernos a la indiada, que tiene el afán de mostrarlos en la fecha onomástica de todos los santos.”
En otro párrafo más adelante nos corrobora como fue de difícil extirpar esta costumbre, en cambio esta vez en Ambato:
“El párroco Ambateño Don Pedro de Ayala se ha quejado amargamente del comportamiento de los indios: rústicos intratables, descorteses, de cualidades groseras, que no se sujetan a jueces…”
“…A finales de este octubre particularmente caluroso, los indios han sobrepasado otra vez los limites, han venido de todos los confines de Hambato…” “…cada indio trae dos sacas: en una porta el cucayo para pasar los días de luto de todos los santos y, en el otro los huesos del familiar amado”
“Pues bien los indios primitivos se abren espacios para dar forma a los esqueletos: hueso por hueso, las extremidades, el torso, la calavera…Y se lanzan a recorrer las calles con lamentaciones en este primero de noviembre…”
wawa de pan
“Y luego la procesión desemboca en el cementerio. A comer maíz y papas, a tascar sal en grano y a beber sangre de aves.”
En respuesta a esta prohibición, la cultura popular se las ingenió para suplantar a los muertos y sus momias, en principio por imágenes, como las ya mencionadas “Wacas” y “Waukis”, y luego por otras elaboradas temporalmente y solo para este evento, que representaban las momias originales.
“Los indios entonces planean un acto de simulación: ¡amasaran guaguas de pan que remplazarán a los esqueletos y, se hará una colada con el maíz negro, tan parecida a la sangre como pueda obtenerse! “Habrá un acto de sincretismo para sobrevivir. ¡Simular para sobrevivir!” Termina explicando Gerardo Nicola.
De ahí pues, nace el pan de finados, que es una figura humana que no tiene brazos ni piernas, sino solo un largo cuerpo oblongo con cabeza y unos ornamentos cruzados que nos recuerdan los vendajes del cuerpo del difunto; el pan de finados en definitiva es la representación de una momia, del cuerpo de un difunto atado con su mortaja, que ya no sacamos a pasear, pero a cambio la paseamos de casa en casa en la medida que lo compartimos y se regala de una familia a otra.
Nótese el innegable parecido entre estos atados de momia y el pan de finados o guaguas de pan, de la tradición actual
Por otro lado, llamo a reflexionar este hecho: el pan cumple una doble necesidad ritualística coherente con la cosmovisión andina respecto a nuestro relacionamiento con los difuntos, la de ser la representación cuerpo mismo de aquellos que nos precedieron y la de ser a la vez una ofrenda de alimento que se intercambia y consume en colectivo en presencia de los ancestros.
Otro aspecto de los rituales de nuestros antepasados y que sobrevive es el de la comida participativa, el ágape con los difuntos, las comunidades indígenas lo hacen todavía junto a las tumbas de sus parientes, pero mas allá de eso -y sin quizás reconocerlo- los “blanco mestizos” lo hacemos comiendo las guaguas de pan y la colada morada en familia. El rito original debió conjugar dentro de una celebración el consumo de un alimento sagrado que representa la materia consumida por la muerte, y una bebida sagrada que representa la vitalidad del espíritu, que anima la materia y que sobrevive y trasciende la muerte. Beber algo que represente la sangre como fluido vital que confiere la vida al cuerpo; por esta razón la bebida tradicional de nuestros antepasados era una colada de color de sangre, que en su mezcla tiene un conjunto de ingredientes cálidos, como el dulce con el mortiño de páramo (hanan) y la piña de la costa (urai) con harina de maíz negro, el cereal del que ha sido creado el ser humano andino. Para el hombre andino, los seres humanos fuimos creados de maíz.
Esta comida sacramental, sagrada, que reaviva la creencia de que los muertos nos acompañan en el resto de nuestra existencia hasta que nos unamos a ellos, comparte además otras connotaciones con otros ritos sagrados de otras culturas, como, por ejemplo: el canibalismo ritual sagrado, es decir el rito en el cual se simula comer un cuerpo y beber una sangre como confirmación de que participamos en la vida y la muerte con otros seres consustanciales pero superiores.
Nuestra vieja cultura al celebrar el día de difuntos, compartiendo unas guaguas de pan con colada morada, nos junta alrededor de una mesa a comer un pan que representa el cuerpo de un muerto, que se comparte, que se reparte, que proviene de una familia consanguínea; y a beber una bebida que representa la sangre vital de la cual venimos todos, la sangre vital del maíz, del hombre andino, no es otra cosa que la celebración de un sacramento andino de la celebración de la vida y la muerte.
Desde luego, en el presente, nuestra cultura, ya “blanqueada” por la razón y la lógica de los pueblos civilizados, se niega desde su interior a revivir este rito “primitivo”, porque nos parecería atroz. Por ello, desde el imaginario colectivo de quienes no entendemos el vínculo permanente de la vida y la muerte, tal y como lo concebían nuestros antepasados andinos, hemos elaborado una nueva interpretación menos cruenta, mas eufemística; entonces no vemos en esos pequeños cuerpitos de pan fajados con tiras en “sigsag” una momia, sino un bebe, una “guagua”, ¡eso es: una guagua de pan!. Y así ha pasado a ser aceptada en nuestra cultura, al punto que puede ser comercializada como un bocadillo preferido por todo mundo, expendido en cualquier panadería.
Bueno, es que también el parecido no es despreciable, y quizá el sincretismo al que arribaron nuestros abuelos, tomó en consideración la posibilidad de que el atado sea un “guagua”.
Para el pensamiento andino, la vida y la muerte es un ciclo en eterno retorno, la muerte es un paso, un nacimiento a una nueva existencia; el nacimiento es un tránsito de retorno desde el más allá, a esta nuestra realidad humana, es decir morimos para nacer y nacemos desde la muerte.
Por lo tanto, ¿No sería bueno, pensaron en ellos? ¿Que el difunto se fuera a su siguiente vida, atado como si se tratara de un recién nacido? Acaso, ¿No hay paralelismo entre el recién nacido (renacido) y el que se va para nacer (renacer)? Total, en nuestra concepción andina no existe la muerte sino solo un paso, el que trasciende a otra existencia se va vivo, y desde allá seguirá, como vivo que está, compartiendo con nosotros esta existencia, -y porque no, la comida y todas nuestras celebraciones sean de vida o muerte, de pena o regocijo-.
Por ello, todavía subsiste en la tradición popular y de nuestras comunidades celebrar al difunto en su día de recordación, con música, canto y fiesta.
Mes del Aya MarcaY, en la novena luna del año 28 del 10mo pachakutik
Securizar las incertidumbres que nos acompañan en el devenir diario, nos hace perder de vista el sentido de la estrategia que apuesta al azar planificado. Redefinir los conceptos de futuro y progreso son vitales para afrontar la verdadera incertidumbre.
Quien iba a imaginar que, hace casi dos años, en una ciudad de China, científicos traviesos en un laboratorio, dieron inicio a una de las mayores hecatombes vividas en la humanidad, cambiando la vida de todos. Así como un día por decreto nacional nos confinaron en nuestras casas, para “salvaguardarnos” sin ningún tipo de seguridad, más que la que nosotros mismos nos la proporcionábamos, hoy estamos de pie celebrando la vida y apostándole a resurgir con la mayor de las resiliencias que jamás se haya adoptado en el mundo.
Edgar Morín, el centenario filósofo francés, hombre brillante con ideas lúcidas y que ha vivido todos los puntos de inflexión que la sociedad ha tenido en su historia, nos regala en su obra “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”. Ideas y claves que hablan acerca de lo que los comunes mortales odiamos: la incertidumbre. Lo que parecía previsible y calculable, ha dejado entrever la fragilidad, la finitud y la falta que certezas de la humanidad y sus contextos. Nos encanta planear, es indudable, eso nos regala seguridad emocional y con ella, el control de las situaciones que vivimos a diario. El mañana y futuro que muchos planeamos hace más de dos años, hoy es espacio de discernimiento y reconstrucción de estrategias.
La incertidumbre forma parte de la estructura de la sociedad, no es coyuntural, porque siempre está presente, acompañando a todos los eventos fortuitos o no que en el mundo se suscitan. Esta vez, he querido abordar este tema, como aliciente para todos aquellos que vivimos esta etapa de no saber qué va a pasar, si todo juega en nuestra contra. Precariedades de todo tipo: desempleo, para variar; un gobierno sin rumbo, ¡nada novedoso!, por cierto; desánimo, como es lo normal en este tipo de situaciones y; muchos planes sin concretarse, pero con ideas brillantes.
El ser humano siempre ha concebido el futuro como el tiempo del cumplimiento de una promesa, que algún día se hizo a sí mismo, o la que alguien le ofreció cumplir en función de sus méritos o de no sé qué, pero que ha estado presente en su mente y en su corazón. Resulta que ha llegado el tiempo y la promesa que debía ser sinónimo de crecimiento y desarrollo, no es más que angustia y ansiedad; no sabemos que pasó.
¿Quizá definimos mal el concepto de progreso o futuro? O tal vez ¿Queremos securizar las incertidumbres? Lo cierto es que ahora, estamos como Dartañan de “Lostres Mosqueteros” de Alejandro Dumas, “admirando de que hilos frágiles y desconocidos están suspendidos los destinos de los pueblos y la vida de los hombres”, porque todo en un giro inesperado cambia de rumbo y nos asola el miedo, la incertidumbre y la fatiga.
La comodidad del presente eterno hiperconsumista, la “happycracia” o la obligación a ser feliz, el grado de presunción que las tecnologías nos generan y la impavidez ante el dolor ajeno, opacan deliberadamente la incertidumbre; que no permite presentificar el tiempo y el espacio para actuar en consecuencia hoy. Todo esto producto de la aceleración de vida que llevamos, que se refleja en los cambios sociales que vemos a diario: valores y actitudes, modas y estilos de vida, ideologías y un sinfín de cánones diseñados por conveniencia.
La incertidumbre nos ha obligado a contraer el presente y a dilatar el futuro, es decir, no vivir el hoy plenamente pensando en el futuro, que, dada la incertidumbre innata, no sabemos si vendrá. Este círculo vicioso nos arroja a la ansiedad, a la insatisfacción e infelicidad de todos en todo.
Es importante afrontar la incertidumbre porque forma parte del aprendizaje de la vida, sin resignarse al escepticismo absurdo que nos conlleva a la mediocridad. Al respecto, Morín plantea tres elementos importantes para asumir la incertidumbre: en primer lugar, debemos ser conscientes de la ecología de la acción, es decir, que el resultado mediato de nuestras acciones se escapa de nuestro control, produciendo quizá resultados contrarios a nuestros propósitos iniciales. Como segundo punto, propone diseñar una estrategia flexible y con vocación de análisis, adaptable al contexto y a los objetivos. Y, por último, apostar, que no es abandonarse al azar, sino comprometerse con la idea y un horizonte de esperanza.
Lo anterior, como es obvio, no es receta mágica, sino que viene dada por la experiencia y el grado de convicción que se tiene por una causa. En este aspecto, Pascal diría que su fe provenía de una apuesta. Esta apuesta se generaliza para cualquier tipo de fe: fe en un mundo mejor, fe en la justicia y el derecho, fe en los hombres y mujeres de bien, así como también, fe en un ser superior.
Si apostamos al compromiso y la convicción, la incertidumbre será siempre nuestra compañera de viaje, cada giro inesperado y nocivo en nuestros planes, hará que las decisiones tomadas mejoren el diseño de la estrategia planteada, modificándose en función de los riesgos y los cambios de contexto que el mundo, las personas o el azar nos presenten.
Para terminar, es importante redefinir los conceptos de progreso, seguridad y bienestar que hemos diseñado en nuestra mente, para no incitar la incertidumbre, sino por lo contrario, que forme parte de la estrategia planteada.
Estado de excepción Estado de excepción Estado de excepción
La delincuencia organizada, el narcotráfico, los sicariatos y un sentido exacerbado de inseguridad comunitaria contaminan el aire de las urbes ecuatorianas. Este no es un problema de reciente emersión, sino una excrecencia cancerosa que se ha desarrollado en la umbría de la incapacidad y contubernio de los últimos catorce años de desgobierno.
Un sistema carcelario deficiente e incapaz de mitigar el influjo del hacinamiento de las bandas criminales y, del lado de lo axiomático, soluciones efectistas que provienen de los corrillos del socialcristianismo. Ambos extremos no hacen sino patentizar la inequívoca descomposición del Estado y su progenie: los arbitristas que pretenden acabar con la delincuencia haciendo de cada ciudadano, su propio agente del orden con un arma al cinto.
Pero ¿cuál ha sido la respuesta del actual gobierno ante la epidemia delincuencial? El pasado 18 de octubre, el presidente de la República, Guillermo Lasso, en su segunda cadena nacional luego de estar casi seis meses en la presidencia, dispuso el estado de excepción en todo el territorio nacional, por el plazo de 60 días, a través de su decreto ejecutivo N° 224.
Con esto, una serie de operativos de control y vigilancia, coordinados entre la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas, se desplegarán en zonas estratégicas del país. Requisiciones de drogas, controles de armas, patrullajes las 24 horas del día e inspecciones permanentes son algunas de las acciones cuya ejecución cuenta con el beneplácito presidencial.
Asimismo, se exhorta al Ministerio de Economía y Finanzas para que provea de los recursos necesarios para la contingencia, y se creará una Unidad Legal de Defensa para los miembros de la fuerza pública; quienes ahora, pueden actuar con total contundencia en contra de las perturbaciones al orden. Este último punto ha desatado una serie de sospechas entre los detractores del gobierno. Algunos tildan a la medida como represora y perniciosa al derecho a la resistencia.
Pero, el orden de los movimientos del presidente empezó en horas de la tarde, con el nombramiento del coronel en servicio pasivo, Luis Hernández, como el nuevo ministro de Defensa en reemplazo de Fernando Donoso. Este inusitado cambio en la nómina de sus adláteres fue oficializado horas después del inicio de la “Jornada nacional de lucha unitaria” y del anuncio del Parlamento Plurinacional de los Pueblos acerca de una nueva sedición planificada para el próximo 26 de octubre.
Con los ánimos soliviantados por el alza del precio del combustible, la depreciación de los productos del campo y lo que se considera una invitación al fracaso laboral con el proyecto de Ley de Creación de Oportunidades, los sectores populares, estudiantes, campesinos, médicos y transportistas han expresado su inconformidad a través de convocatorias a plantones y movilizaciones. Sin embargo, con la declaratoria del estado de excepción se subvierte el curso de las protestas.
La violencia y los disturbios son el cariz de cada protesta que “reivindica” supuestas voluntades colectivas. La pléyade de los levantiscos, liderados por Iza y compañía, calan hondo en quienes anhelan contar con figuras de auténtica representación. No obstante, tal vinculación tripartita entre la academia, el pueblo y el gobierno ni siquiera está cerca de su concreción. Como lo explicaba Antonio Gramsci, ni la erudición omnímoda ni la tozudes del filisteísmo fundamentalista pueden encarnar verdaderas revoluciones. En otras palabras, no basta con ser “revolucionario”, hay que encaminar el levantamiento hacia la resolución de conflictos. Esta afirmación produce auténticos quebraderos de cabeza en Iza, quien piensa que existe una relación directamente proporcional entre una álgida violencia y los consensos que subsanen la crisis que la genera.
Entonces, ¿Qué inspira a Iza sino su ostensible avidez de caos y destrucción? Es una verdad de Perogrullo, pero para quienes aún se aferran a insidiosos cuentos de pobres luchando por pobres, Leónidas Iza ha demostrado su clara propensión a un correísmo velado; émulo del advenedizo con ego supino y voz engolada, que ahora clama por la destitución de Lasso de resultas de una investigación conferida a la comisión legislativa en donde, por obra del destino, UNES (ahora llamado Revolución ciudadana) y Pachakutik cuentan con mayoría de legisladores.
La memoria es frágil y todo es válido si se trata de la remoción del banquero que encarna el miedo cerval al “Imperio”. ¿Qué más da si algunos de los miembros del movimiento indígena fueron arrastrados? Es un precio justo a pagar cuando se trata de luchar a favor de entelequias dogmáticas y fantasías decimonónicas.
Esta instrumentalización de constantes descalificativos y manipulaciones resulta especialmente efectiva dentro de un público joven y vulnerable a imposturas. El efecto secundario es la creación de un ejército de insensatos desinformados que difaman y escarnecen a políticos porque así lo ordena el archipámpano de la insurrección. Cuando solo es Leónidas o Rafael, es una bagatela, pero cuando son comunidades o incluso medios de comunicación los que hacen catálisis de esfuerzos sistemáticos por redes sociales, el impasse adquiere connotaciones políticas de alcance insospechado.
¿La solución? Leer más y creer menos. Políticos, dirigentes sociales, académicos miembros de la sociedad civil, todos mienten en virtud de los más diversos motivos. En medio de una época de hiper-conexión y de la conformación, casi por ósmosis con la vorágine de acaecimientos, de enjambres políticos, tener una convicción propia y coherente es un reto, una obligación que toda persona que se precie mínimamente inteligente debe plantearse.
Un Estado militarizado criminaliza la propia existencia
Pese a que Iza no es en absoluto un dechado de virtud, ni un baluarte de integridad, existen muchos otros actores políticos y sociales, cuyas demandas requieren la atención inmediata de Lasso.
El despliegue de las Fuerzas Armadas en vísperas de una jornada de protestas extendidas debe ser tomado como un claro intento del gobierno de aliviar las cada vez más tirantes relaciones de un diálogo frustráneo entre la presidencia y las dirigencias sociales. No obstante, lejos de disuadir lo que se barrunta como otro escenario de réplicas de violencia desproporcionada, las dirigencias de los movimientos sindicalistas y de los sectores populares reiteran su postura ante el Ejecutivo.
Por ello, Lasso se curó en salud y creó la Unidad de Defensa Legal para miembros de la fuerza pública. Con ella, el advenimiento de nuevas prerrogativas para el control y uso progresivo de la fuerza, acompañado de la exención jurídica que los absuelve de todo cargo, pone en riesgo no solo a los manifestantes sino a la sociedad civil en su conjunto.
Desde una perspectiva de derechos, el que un agente del orden pueda conculcar las mínimas consideraciones del respeto y la integridad del otro, porque así la ley lo dictamina, pone en entredicho la adecuada aplicación de protocolos y estrategias que menoscaben la incidencia de la delincuencia en las calles.
Además, si se sopesan todas las implicaciones concernientes a esta medida, cabe hacer una diferenciación entre la preparación y el enfoque que cada escalafón de las fuerzas del orden posee. Los militares aplican la denominada fuerza discrecional, esto es, mecanismos que reducen al adversario de manera letal, sin una progresión en las tácticas de sumisión. En contrapartida, los policías ejecutan la fuerza progresiva, cuyo desenlace no es otro sino las garantías de la ley en el debido proceso. Sin embargo, al coexistir ambas variables, la balanza se inclinará hacia la rotundidad de la fuerza letal.
Todo esto compromete el bienestar y la seguridad de la ciudadanía que, sin apenas tener relación con las movilizaciones o peor aún con la delincuencia que asecha en cada rincón, transitan por las calles, ignorando que un contingente de soldados no es más que la confirmación de un Estado de violencia en las calles; una medida desesperada con un aciago desenlace consabido. Además, dotar de material armamentístico a las fuerzas del orden es un gasto no contemplado en un limitado y precario presupuesto.
Para mayor inri, Lasso mencionó que aquellos jóvenes que no consigan empleo ni accedan a un cupo en alguna universidad de su escogencia, podrán incorporarse al servicio militar. Los neófitos de la armada, en primera instancia, puede que se afinquen en el ejército, sin embargo, a la postre, tendrán que reinsertarse en la vida civil sin garantías de ningún tipo para conseguir empleos plenos y estabilidad laboral.
Por donde se lo vea, el estado de excepción es una medida inapropiada, que subsume muchos riesgos y pocas respuestas a los problemas que acucian soluciones planificadas e inmediatas. Se espera que durante los próximos 60 días de estado de excepción el gobierno proponga un plan de seguridad sostenido.
El medio de comunicación no se responsabiliza por las opiniones dadas en este artículo.
Armas y derechos humanos Armas y derechos humanos Armas y derechos humanos
La sola intención de que los ciudadanos porten armas bajo la prerrogativa de que esta acción es consustancial a la defensa del derecho a la vida expresa, en sí misma, la incapacidad del Estado para dotar de seguridad a su población y, por ende, pone en evidencia la pérdida del monopolio legal y legítimo de la violencia que emana de su autoridad, producto de más de una década de descuido frente a problemáticas que hoy se manifiestan con absoluta crudeza en nuestra cotidianidad como el narcotráfico, el sicariato y la delincuencia organizada que opera desde las cárceles del país y por la cual pugnan bandas de criminales y carteles de la droga para propagar sus negocios ilícitos y controlar poco a poco distintas zonas de las urbes.
También deja en claro el deterioro progresivo de la convivencia social y pacífica en el Ecuador, que bien se puede traducir en la pérdida sistemática de confianza de los ciudadanos hacia las instituciones que por mandato de la ley son las encargadas de combatir con eficiencia y eficacia, la violencia y la inseguridad en el territorio nacional.
¿Qué hacer entonces? ¿Acaso la solución está en armar a los denominados ‘ciudadanos de bien’ para que estos se protejan a sí mismos y a sus familias frente a la expansión de la violencia urbana en sus diversas manifestaciones? Si el Estado, como diría Max Weber, es la única fuente del ‘derecho’ a la violencia, entonces el proyecto de ley propuesto por la alcaldesa de Guayaquil, Cinthya Viteri, busca privatizar ese derecho bajo el discurso populista de la “autodefensa” al otorgar mecanismos para que supuestamente los ciudadanos puedan hacer efectivas su prerrogativa a la vida y a la seguridad personal.
Sin embargo, lo que la señora Alcaldesa no mencionó en la justificación de su proyecto de ley -por desconocimiento o conveniencia- es que ni la Declaración Universal de Derechos Humanos; ni el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos –entre otros instrumentos del sistema de protección de derechos humanos– reconocen el porte o tenencia de armas como un derecho y esto responde a una lógica sencilla: si el portar armas fuera un ‘derecho’ tal como lo defiende Viteri, sus coidearios socialcristianos y algunos ex militares expertos en el negocio de la seguridad, este no tendría el carácter de excepcional y restringido.
¿Se puede pensar que un derecho humano o consustancial a este como la defensa de la vida tenga implicaciones restrictivas en nuestra legislación? De ninguna manera, ya que los derechos humanos son de aplicación y carácter universal. ¿Es compatible entonces el discurso populista de la ‘autodefensa’ con el de los derechos humanos y los principios de una sociedad que se precie de democrática? ¿Qué hay detrás de todo este “entusiasmo” por armar a los ciudadanos, aupar la cultura del miedo y la securitización? ¿En qué medida se pretende explotar el instinto de autoprotección de los hogares y los ciudadanos en beneficio de las empresas destinadas a la venta de armas y los negocios de seguridad privada? ¿Ampliar la circulación y venta de armas es la solución para frenar a la delincuencia organizada? ¿Por qué no abordar el tema desde su estructura, fuera de todo populismo penal y proselitismo político, por ejemplo, dotando de mejor armamento a la policía, pero sobre todo de un sistema judicial, que no deje en indefensión a quienes luchan contra la delincuencia y el crimen organizado dentro de las cárceles y en las urbes? ¿Por qué no combatir la inseguridad ejecutando las mismas propuestas que cada dos o cuatro años esgrimen los partidos y movimientos políticos, incluido el de Cinthya Viteri y su “modelo exitoso”? Esto es educación, salud, vivienda, oportunidades para laborar con dignidad, sin persecución, ni criminalización.
En 2011, el ex alcalde de Guayaquil, Jaime Nebot, y la actual prefecta del Guayas, Susana González, apoyaron abiertamente la acumulación de penas para personas a las que le son atribuibles varios delitos autónomos e independientes. Según ellos, “esta medida haría que la delincuencia se reduzca”. El resultado de esta acción entre otros elementos de la crisis carcelaria es la sobrepoblación del sistema penitenciario del país. Una corresponsabilidad que hasta la fecha ambos líderes asumen con silencio.
La supuesta “cura” propuesta por Cinthya Viteri en su proyecto de ley denominado “Por la Vida y La Protección Ciudadana” puede resultar peor que la enfermedad. ¿La Alcaldesa y quienes la apoyan están en condiciones de garantizar que el acceso de los ciudadanos a las armas no generará un incremento de la violencia y la inseguridad en el Ecuador?
¡A veces es bueno subir el “Olimpo de los intelectuales” para entender cómo funciona la sociedad y el sistema de derechos humanos señora Viteri!
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La pobreza, la delincuencia y los feminicidios no son los únicos problemas que el Estado decide ignorar. La discriminación por orientación sexual y sobre todo por identidad de género aumenta cada día de maneras alarmantes y la justicia parece no querer abrir los ojos y buscar a los culpables.
Es inadmisible ignorar los casos de discriminación hacia la comunidad Trans, sobre todo a mujeres trans. Según un informe impartido por La Asociación Silueta X “Sólo en este punto las mujeres trans representan el 75% de asesinatos, muertes violentas o no esclarecidas y sospechosas de criminalidad en 2018”. Para el 2019, los casos aumentaron en un 800% en relación al 2018″ y con la pandemia estos números se han agravado. Agregan, a modo de denuncia, que estos casos y las denuncias por discriminación en el sistema de salud fueron omitidos por el gobierno de Lenin Moreno en ese tiempo.
¿Cuántas personas más deben ser víctimas para que nos llegue la indignación?
Sara Carolina, vocera del Círculo Transgénero Crisalys acota: “Hay mucha gente transfemenina que ha sido asesinada, somos como la última rueda del coche y muchas veces los casos quedan en el olvido. Esa es la memoria que queremos traer, no porque rompemos un sistema dejamos de ser seres humanos”. Según el informe “Acceso a la Justicia y Derechos Humanos TILGB en Ecuador”, el mayor porcentaje de denuncias formales receptadas corresponden a personas trans femeninas; quien que se expone visiblemente, es más violentada, en relación a las personas que llevan una vida de closet.
Es doloroso que en un Estado de derechos como lo es el ecuatoriano, día a día se escuche que una persona que decidió salir al mundo, a pesar de los prejuicios sociales y tomó el valor de mostrarse auténtico o auténtica, fue condenado/a no solo a la muerte sino también al desamparo y olvido por parte de la justicia.
Es fundamental que surjan nuevas políticas públicas direccionadas a la protección de la comunidad trans, si bien en la Constitución del Ecuador, artículo 11 numeral 2, se refiere a la igualdad y no discriminación ante la ley por motivos de orientación sexual e identidad de género. Todavía es necesario realizar un cambio más profundo. Esto se puede lograr trabajando en conjunto con los colectivos trans, con entidades internacionales como la Corte Interamericana de Derechos Humanos y el sistema educativo ecuatoriano, los medios de comunicación tradicionales y digitales desde la salud mental y pública.
La locura es interminable y yo siempre creí saber mucho acerca de ella, en muchos aspectos no estaba equivocado, pero tenía que conocerla en toda su brutal expresión. Aún la estoy descubriendo desde una perspectiva terciaria, desde afuera.
La Psicología me ha abierto la mente y al mismo tiempo me la ha cerrado, todo en la academia va dirigido hacia los diagnósticos y no encuentran otra solución que etiquetar en los manuales “psi”, al loco y si, sin comillas loco, lo usan como objeto de estudio acallando su libertad de expresión.
Entran en el manicomio y automáticamente son olvidados en la sociedad, o bueno, son recordados como personas peligrosas. Este lugar muchas veces se le conoce como una antesala del infierno, mucho peor que la cárcel, donde el delirio camina y la locura recorre segura y vacilante por los jardines, en los pasillos, en cada servicio, a través de cada muro, sentada a la sombra de los árboles.
Cuerpos desorientados, perdidos entre tanto medicamento, algunos hasta se enamoran de la locura que no desean salir al mundo. El manicomio es un lugar terrible, pero a las personas que abandonan las peleas o son abandonadas como un depósito, no les queda otra alternativa que vegetar entre sus muros. Para estas personas, la soledad no es un castigo, para ellos es su mejor compañía, así como las otras personas que tienen el mismo sufrimiento psíquico porque no hay mejores expertos que quienes en realidad experimentan el sufrimiento, yo los llamo: “expertos por experiencia”. Ellos son en realidad quienes pueden saber y entender mejor su “enfermedad”, y si enfermedad con comillas, porque la sociedad se ha encargado de catalogarlos como “enfermos” y ¿Por qué entrar en esta conjetura?, ¿Por qué no decir que los que estamos afuera somos los verdaderos enfermos que los que están adentro? O ¿Por qué pagar con el encierro lo retorcida que está la sociedad? Nunca lo sabremos o quizá sí, porque el encierro nunca va a ser terapéutico.
Han sido desterrados del paraíso de la razón para sumergirlos en el remolino de la violencia manicomial, esto gracias a los poderosos dentro de un sistema capitalista, quienes les impiden trabajar como unos apestados y marginados de la sociedad, ¿Será posible algún día salir de este encierro? Ese milagro se los deja a los dioses médicos, quienes son los todopoderosos y tienen la decisión en sus manos de quien será libre y quien seguirá en este hospicio.
Es por este motivo que se puede llegar a pensar que, quien se cura en realidad solo lo hace para darle la razón a quien supuestamente lo curó, se lucha por la desmanicomialización pero en realidad esta lucha, ¿se la está realizando como se debería hacer? Se debe derrumbar ambos muros, el de la institucionalización y el de la sociedad, porque este cambio debería garantizar un trabajo estable, un hogar, un subsidio y una comunidad la cual también debería ser cambiada, porque si sales del hospital y no tienes ninguna garantía de subsistencia se la pasará muy mal.
Decir: los que están “adentro” y los que están “afuera”, no le veo ninguna diferencia porque quien nos asegura que los que están “adentro” son los que están en completa libertad y los que están “afuera” son aquellos que viven encerrados en la oscuridad de una sociedad cuerdista y elitista, o talvez se están encerrando en su propio sistema, se van a las zonas acaudaladas por miedo a los pobres y locos. Aislándose cada vez más, creando sus propios monstruos, rodeados por un muro separados de la barbarie que reclama su derecho a la sociedad, alzar la voz en contra de la opresión, en contra de las ciudades levantadas a base de hipocresía y represión, conocidas como manicomios. Ocultan lo que estas estructuras producen: malestar, euforia y desesperación.
Revertir el tratamiento es un deber de todos contra el dispositivo manicomial. La salud mental en primera persona es el fin último de todo un proceso de lucha y resistencia, construyendo puentes donde solo había muros batallando contra los que se les denomina “expertos por la academia”, como dijo Héctor Ocles, tallerista del Frente de artistas del Borda: “Cuando entrás al manicomio, pasás de ser una persona a un número de historia clínica”. Esta realidad es para pensar y cambiar, circulando las voces, los pensamientos apresados y las luchas encarnadas en los espacios hospitalarios que han estado maquilladas por un discurso médico de sanación.
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Llevo los dedos sangrando por el silencio sepultado bajo los escombros de la verdad, en este desierto de 523 años de obscuridad, muerte, robo, mentira inventada, codicia que no es mío ni tuyo. Me veo con sobre nombres entre mis bellos bordados, por ocultar mi origen, mis raíces, mis sueños, mi piel color madre Tierra.
Colecciono silencios impuestos, ignorando mi esencia runa por no lastimar al verdugo. Aunque por las noches acaricio tus cabellos compañera mía, cuento historias en cada hebra de tu cabello color horizonte, para que no nos vuelvan a robar nuestros sueños: la podredumbre que hasta ahora persiste desde las instancias de los gobiernos de izquierda y de derecha, enquistados en el Estado burgués colonial.
Que egoísta soy al decir la verdad ¡América que no eres! América sí, no Abya Yala. ¡Ecuador que no eres! Ecuador sí, no Kitu. Descubrimiento que no fue descubrimiento, sino una invasión de suerte. Desarrollo que no es desarrollo, si no muerte. Aunque tenemos diez heridas en nuestros cuerpos, nunca nos doblegamos ante la miseria occidental moderna.
Ha llegado el momento de decir lo que sentimos. No necesitamos más eventos organizados por las autoridades coloniales y capitalistas para festejar esta fecha nefasta para las naciones y culturas de Abya Yala, solo para justificar y fortalecer el modelo de vida impuesto desde hace siglos en pro del llamado desarrollo.
La Historia y el sistema de vida occidental responden a intereses occidentales, por ende, nosotros como culturas milenarias de Abya Yala, no cavemos en ese molde. Las culturas y pueblos milenarios de Abya Yala tenemos nuestro propio sistema de vida: sistema filosófico, económico, político, social, espiritual, etc. No tenemos nada que envidiar a los occidentales, somos culturas milenarias con las mismas capacidades y potencialidades. Por ende, si queremos perdurar en el tiempo y espacio, debemos seguir practicando lo que por siglos venimos haciendo. Si hablamos de la llegada de Colón a nuestros territorios, tenemos otros parámetros para contar lo sucedido. No cabemos en el molde de la Historia Occidental para ocultar las pequeñeces. Tenemos una memoria colectiva y una identidad propia construida desde hace miles de años.
Es muy importante que empecemos a reflexionar estos asuntos para no caer en esos errores que nos hacen daño a las culturas y pueblos originarios de Abya Yala. No podemos seguir diciendo falsedades a las nuevas generaciones, soñando y propugnando que la CULTURA KICHWA debe adaptarse a ese molde occidental en su magnitud.
Necesitamos visibilizar lo que por herencia somos; si queremos ser nosotros mismos, fortalezcamos nuestro sistema de vida runa. Un sistema educativo que responda a las necesidades de los propios pueblos, en la que los educadores/as transmitan con sus propias palabras la Historia oculta aún no contada. Si escribimos, expresemos los aspectos de nuestra identidad con fuerza, orgullo y dignidad, y que al hacerlo seamos nosotros mismos, sin temor a los juicios y a los prejuicios de los occidentales o a los seguidores de ese molde fetichista que tanto daño nos hace.
Ahora bebo tus aguas transparentes Tayta Atawalpa, respiro el mismo aire que tú respirabas, el tiempo espacio susurra el deseo del Runa Ñan, que tú construiste. Ahora es tu voz que renace en estas generaciones de Rumi, de Sinchi, de Tupak, de Sumak, de Tamya, de Pacha, de Nina, de Rasu, de Arawi… vuelvo a suspirar, a sentir el calor que produce mi sangre al recorrer por esta piel, ahora vuelvo a soñar esos caminos del ñawpa, la melodía, la sinfonía que pienso escuchar cada amanecer.
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