El problema de las voces autorizadas

Este texto tiene que, necesariamente, empezar por el recordatorio de que el solo hecho de poder acceder a un dispositivo electrónico y al internet implica un privilegio de clase. A ello se suma ese otro, referido al uso escolarizado del lenguaje. En ese sentido —y muchos otros— hablo hoy (como ayer y mañana) desde una ventaja de clase.

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Presidenta de Malcriada Total Producciones

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Por María Belén Moncayo, Malcriada Total Producciones

Este texto tiene que, necesariamente, empezar por el recordatorio de que el solo hecho de poder acceder a un dispositivo electrónico y al internet implica un privilegio de clase. A ello se suma ese otro, referido al uso escolarizado del lenguaje. En ese sentido —y muchos otros— hablo hoy (como ayer y mañana) desde una ventaja de clase.

Ni la Constitución de la República ni cuerpo de ley alguno dice que los ciudadanos que poseen algún tipo de prebenda carecen del derecho a expresar su opinión sobre una u otra materia; simplemente no incurre en esas distinciones porque ello atentaría contra su elemento constitutivo y su espíritu garantista. Por lo tanto, por despreciable que nos parezca un ciudadano, tiene derecho a verter su opinión acerca de toda índole de acontecimientos en cualquier espacio y tiempo.

Los límites de esta libertad de expresión se supeditan al ámbito moral, que no siempre es compatible con el legislativo; digamos, la pena de muerte.

Las voces criminales

Politólogos, sociólogos, antropólogos, juristas y comunicadores a los que medios de comunicación de todo calibre y bando político consultan su perspectiva sobre los problemas medulares e históricos del Ecuador, coinciden en que el olvido y la falta de memoria es el principal cáncer de este país. Afirman que el ecuatoriano promedio —con especial énfasis aquel cuyo voto no es facultativo— vive sumido en la inmediatez. Por una parte, dicha ligereza es imprescindible ligarla a la cubertura de las necesidades básicas en un contexto con una tasa de desempleo altísima; por otra, se antoja urgente vincularla a la mediocridad que campea en todo el tejido social, que se asienta sobre una plataforma de pereza y rechazo hacia el consumo de información sobre los hechos que nos construyen como sociedad.

El hambre y la desidia en cita constituyen los cimientos sobre los que, a lo largo del siglo XXI, los partidos políticos, los gobiernos en funciones, el mundo del arte y algunas organizaciones de la sociedad civil se erigen con el ánimo de conseguir algún beneficio. En consecuencia, de forma generalizada evitan al máximo que el público entusiasta de sus dispositivos e ideas se remonte a tiempos lejanos de la historia patria, porque saben de sobra que van a descubrir oscuros secretos, inconvenientes del todo en su camino al poder público y/o al erario nacional.

El ejercicio homogeneizante y generalizador no es saludable para la vida armónica de un territorio. Empero, el Ecuador no para de producir ejemplos que no resisten el menor escrutinio a su trayectoria. Así, es cosa de todos los días que salga un candidato, un alcalde, un dirigente comunitario o un artista a querer cantar misa y a golpearse el pecho por los más pobres de los pobres y por los caídos en revueltas insurrectas; pero, que tiene escandalosos pendientes con la ley por latrocinio, tráfico de influencias, sobornos, violencia intrafamiliar, pensiones alimenticias y un extenso etcétera.

El corifeo

La voz de protesta de estos infractores de la ley, aun cuando esté amparada por la Constitución, se torna en extremo peligrosa porque, es precisamente en ese intersticio donde se fragua el quemimportismo ecuatoriano. Un caso concreto que ilustra este asidero se puede apreciar en la coyuntura del Paro Nacional de septiembre 2025: el comunero asesinado por militares, Efraín Fuérez, no tiene diferencia alguna en su humanidad y su lucha con los exterminados en los gobiernos de Correa, Moreno o Lasso; no obstante, con pasmosa facilidad el primer presidente en mención señala con el dedo los crímenes de Estado del gobierno de Noboa. Escenario mortífero que se agrava cuando es replicado en forma de lacrimógeno vídeo por un grupo de cineastas que o bien fueron funcionarios durante el correato, y/o favorecidos por esa administración de formas múltiples en sus proyectos artísticos y culturales. 

El ceño fruncido, la voz grave, el rostro compungido y el discurso apocalíptico son ingredientes más que suficientes para que este reel remueva las fibras sentimentaloides de la que se presume como la intelligentsia de esta Mitad del Mundo; ya porque también se alimentó con sánduche de borrego, ya porque, nuevamente, más le puede la novelería mainstream de compartir y hacerse eco de la primera “cosa seria” con la que se topa en las redes sociales. De ello se desprende que, perfiles ancestralmente opuestos a la Revolución Ciudadana difunden estos contenidos sin reparo alguno; la ociosidad de investigar a estas voces protagónicas les supera.

La comodidad académica

Un lugar tan lleno de tribulaciones como el Ecuador es el sueño dorado de todo académico que rueda por las ciencias sociales: nada como un paro nacional para elaborar teorías, escribir artículos científicos para revistas europeas o libros que van a leer sus cuatro colegas y (tal vez, y sólo tal vez) su cónyuge.

De los años caminados con mi cuerpo en las calles y a partir de los reportajes gráficos en medios virtuales y televisivos, y de lo que es obvio, vamos, se puede ratificar que quienes escriben estos textos han puesto la piel en el asfalto para percibir con sus sentidos la realidad que articulan, exactamente, nunca. Es por ello posible decir que se expresan desde la comodidad de su escritorio y su sueldo universitario fijo.

Otra vez, el derecho constitucional de así proceder les asiste; pero, no estaría demás que en la introducción emplacen media línea que le advierta al lector sobre la relatividad y el sesgo de su relato.

¡Ya siéntese señora!

El primer tipo de señora al que una parte de la sociedad quiere aquietar, sentar, callar e invisibilizar se refiere a aquel que —en toda coyuntura política que conlleva efectos primarios o secundarios rotundos para el país— ofrece su interpeladora opinión establecida sobre nóminas y cronologías comprobables e irrefutables. Lo primero porque los cadáveres de los asesinados tuvieron voz algún día, lo segundo porque los delincuentes están en la cárcel o son prófugos de la justicia. Esa guapísima señora podría ser quien suscribe estas líneas; supongamos.

En virtud de lo antes manifestado con respecto a la evanescente o nula memoria que nos atraviesa, se vuelve irresponsable, desahogada y liviana la postura de enfocarse únicamente en la sangre derramada en este minuto, sin censurar a los llorones de hoy, que ayer fueron cómplices sordos, ciegos y mudos de otros crímenes de lesa humanidad.

Lejos de sentarme, tengo la conciencia tranquila porque (en años cuando la salud me acompañó) estuve en las calles, más malcriada que cuando estudiaba en un colegio del Opus Dei; porque en las tres obras de teatro en las que actué (producidas por mí) no hice otra cosa que darme palo, ser autocrítica y exponer mis miserias descarnadamente; porque en innumerables ocasiones le he pedido disculpas públicas al país por haber militado en la Ruptura de los 25 y, por ende, haber vestido alguna vez una camiseta verdeflex; porque desde el año 2013 (en que nació Malcriada Total Producciones) no he parado de poner en evidencia los delitos de toda dimensión, perpetrados por gobiernos locales y/o nacionales de todo color, olor y sabor; y, porque no he tenido problema en romper relaciones humanas con seres que relativizan la violencia patriarcal y corporativista por pura y dura moral acomodaticia.

Todo ello, enhorabuena, me convierte en la peor de todas: en la señora impopular, incómoda, antipática, molesta; pero, jamás vulgar o fea, porque la vulgaridad le es propia al machismo y la fealdad a los hippies que un lunes abrazan árboles, un martes los cortan y el miércoles los convierten en un cartón con el que se besan en Tik Tok.

El segundo tipo de señora (a quien le he dicho con claridad que debe sentarse) tiene que ver con estas mujeres de edades diversas; fogueadas en la arena de la lucha social por muchas o pocas décadas; que —como tantas— han vivido violencias considerables; que se asumen feministas populares; y que, pese a ello, acuden a modos patriarcales de comunicación para decirle a la primera señora que «calladita se ve más bonita». Y no, señalarles un asiento no es un gesto misógino cuando ellas están entorpeciendo el paso a voces que buscan refrescar el recuerdo de la ciudadanía acerca de las atrocidades cometidas por gobiernos que en el pasado las vejaron, pero que, hace dos minutos, les ofrecieron el sol, la luna y las estrellas. Estas señoras, no dudaron un segundo en subirse a esa camioneta.

Pues, eso, que se sienten en ese balde “¿La historia las absolverá?”. Ojalá, porque yo no. No se puede poner el Carondelet y pagarle el sueldo desde bolsillo del pueblo a delincuentes; y, que venga de abajo y tenga una biología femenina es —al menos en el Ecuador— i-rre-le-van-te… y una muletilla patética.

El tercer tipo de señora lo encarna la soberbia y prepotente, Carolina Jaramillo, vocera oficial del gobierno de Daniel Noboa Azín. El vivo retrato de todo lo que está mal: usar el poder para suscribir lo que ya es una institución de piedra en estos lares, el maltrato; para desarrollarlo en la palabra dicha y escrita, vanagloriarse del cargo que ostenta y auto-atribuirse dotes de alto coeficiente intelectual; es decir, la quintaesencia de la decadencia de la raza humana. ¡Ya cállate y siéntate, Carolina!

¿Quién tiene, entonces, una voz autorizada?

En mi criterio, la tiene ese hombre que le planta cara a la cuadrilla policial y le grita llorando: «Señores policías, he venido aquí, borrachamente, a decirles que no más sangre de mis hermanos; yo no soy de algún partido político»; las madres autónomas y precarizadas que viven con un dólar al día; las mujeres indígenas ancianas que dejan su chacra, toman su bastón de mando y se enfrentan en primera línea a los militares; los menores de edad que en todo espacio de la vida sobreviven 24/7; los médicos que venden alimentos y bebidas para dotar a los pacientes de los insumos hospitalarios que el gobierno de turno no provee; las familias de mujeres asesinadas; los que destrozados por la vacuna del narco no tienen otra alternativa que emigrar; los deportistas que son la única buena noticia con la que amanecemos cada día; los criminalizados por ser pobres; los que transforman social y radicalmente al Ecuador, toda una vida y desde el anonimato; y, los trabajadores independientes de la cultura que le hemos dotado al país de proyectos culturales emblemáticos y merecemos una jubilación estatal. Ellas y ellos son los imprescindibles, las voces autorizadas, los que deberían armar los planes de gobierno y administrar el Estado.

Y, todos los que romantizan su existencia y lucran de ella, deben taparse porque se les nota y no estorbar.

Quito, 29 de septiembre del 2025

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