La neutralidad de los inmaculados

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Magíster en Estudios Latinoamericanos mención Política y Cultura. Licenciado en Comunicación Social. Analista en temas de comunicación, política y elecciones. Articulista de los medios digitales: Revista Plan V, Ecuador Today, Revista Rupturas, Diario del Norte y La Línea de Fuego.

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Los partidos políticos deben salir de su enclaustramiento dogmático, más aún cuando lo que se encuentra en juego en este proceso electoral de segunda vuelta no es únicamente el ascenso de un nuevo gobernante a Carondelet, sino la re-edición del autoritarismo correísta como proyecto político émulo de Chávez y Maduro en el Ecuador.

¿Si los partidos y sus militancias son conscientes de esto, así como el 67,27% de electores que no votó por el candidato de Correa (Andrés Arauz), por qué insistir tozudamente en la neutralidad? ¿Acaso la posible ruptura de la tradición neutral de un partido político puede causar una crisis de identidad ideológica en sus militantes? ¡No! Pero si esto fuera así, el “problema” no se resuelve únicamente con más capacitación, porque esta sin deliberación es un simple adoctrinamiento en lo que sea; tampoco con el reproche a la indisciplina de quienes quizás, con el afán de establecer acuerdos (no componendas), pusieron en evidencia algo que la ciudadanía expresa hace varios años: las agendas electorales de los partidos políticos –que incluyen sus alianzas y acuerdos– están desconectadas de la realidad y el sentir del pueblo.

¿De quién es el error entonces? ¿De quiénes en su círculo cerrado creen saber lo que requiere pueblo o de quienes por responsabilidad con el país dicen lo que piensan por fuera de las doctrinas? ¿O quizá el error fue permitir que los liderazgos emergentes dejen a un lado la teatralidad de las redes sociales para mostrar sus dotes de estadistas por fuera de los guiones prefabricados? No se trata de buscar culpables, sino de que los involucrados rindan cuentas de sus actos ante la historia y la nación, porque los ciudadanos no degluten los cálculos electorales ni las consignas de barricada de los cuasi-politburós.

Esta misma neutralidad amparada en aspiraciones y conjeturas, así como en un anacrónico y selectivo romanticismo con el pasado, es promotora solapada del voto nulo y puede ser cómplice directa del retorno al autoritarismo correísta. El que todavía le debe explicaciones a la viuda del General Gabela sobre la muerte de su esposo. El mismo autoritarismo que arrastró a indígenas y mestizos que se atrevieron a pensar diferente y a expresar su disidencia en las calles. El que persiguió a quienes develaron el rostro del Socialismo del siglo XXI: el de la delincuencia transnacional hermanada por las coimas de Odebrecht. ¿Si el vástago de Correa triunfa en la segunda vuelta electoral y con él su legado, cómo construir una agenda político electoral de tercera vía sin democracia? ¿Si esto no fue posible durante la década perdida quién nos asegura que sea factible ahora? La situación actual del país no admite dubitaciones ni bipolaridades. Demanda con urgencia refrendar la democracia, la equidad y las libertades.

Por ello, en esta disyuntiva política entre democracia y autoritarismo, donde la izquierda no existe electoralmente (aunque intente apadrinar el voto nulo) y la derecha presente doble faz en el balotaje. La democracia (con aciertos, errores y tropiezos innegables desde 1981 y vigentes hasta la actualidad), siempre será la mejor elección, pues con ella y solo con ella, la sociedad civil y política podrán disentir con el poder en un ambiente de mayor libertad.

El medio de comunicación no se responsabiliza por las opiniones dadas en este artículo.

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